
Ha llegado el momento del mitológico León.
El rey de los animales, cuyo nombre da nombre al correspondiente signo del Zodíaco y cuya melena dorada se asocia con el Sol —símbolo tradicional de poder y fuerza—. La luz solar era tan cotidiana que nunca impresionó la imaginación humana como lo hacía la tormenta, por lo que el valor de la energía solar no fue apreciado de inmediato. A diferencia del dios del trueno y el relámpago, que actúa como transmisor de fuerzas superiores y fuego divino, el dios solar encarna ante todo su propio poder interno. La imagen del Sol se vincula con el surgimiento de imperios, ante cuyo brillo palidecen los antiguos reinos menores. El Sol se desplaza por el cielo como una rueda, convirtiéndose en su símbolo universal. Al igual que la rueda, que con una de sus caras toca la Tierra y con la otra el Cielo, el Sol personifica la plenitud y la integridad del ser. Esto se asocia con el arquetipo solar la invención de la rueda y la difusión de los carros de ruedas. La velocidad de los carros permitía abarcar grandes extensiones, lo que facilitó la unión de tierras y el inicio de la formación de imperios e ideas de un poder único. Al realizar el principio de analogía entre lo terrenal y lo celestial, el Sol mismo sirve como fuente de todo y simboliza la creación, dentro del Universo natural, de un mundo basado en leyes racionales. El Sol delimita los límites de la libertad individual del ser humano y de su creatividad vital, y esta nueva definición personal forma el concepto de alma individual de cada uno. El Sol otorga a las personas la energía para la creación.
Al ser humano nacido bajo el signo de Leo le resultan igualmente comprensibles tanto las altas manifestaciones del espíritu como el poder de la materia: al igual que Ra, que cada día recorre el cielo, la tierra y sus entrañas, ve en todo una única esencia divina y, por ello, tiende a la magnanimidad y la indulgencia. Los Leones aman el arte y aspiran a iluminar el mundo con el brillo de los colores. En el círculo del Zodíaco (en el movimiento desde Piscis), al signo de Leo le corresponde el punto de la sección áurea, que define las proporciones correctas de la belleza terrenal. Pero la realización creativa presupone no la voluntad propia, sino la voluntad supraindividual. Si, en cambio, el ser humano se apropia del don que se le ha concedido, el resultado de tal percepción del mundo es el pecado capital de los humanos: el orgullo y el individualismo, que limita su existencia a los marcos de su propia perspectiva y le priva de la capacidad de crear, de manera similar a como los dioses rechazaron a Belerofonte, lleno de arrogancia, e incluso a su caballo Pegaso. En el conflicto entre el individuo y la sociedad, el individuo suele salir derrotado, como Faetón, que solo una vez ascendió al cielo en su carroza de oro, si no asume la responsabilidad ante los demás. Solo al aceptarla, el ser humano se convierte en rey de la naturaleza y en hijo del Sol.
(autor A. Gromova según materiales de Semir y V. Vetash «Astrología y mitología»)


