La astrología es una ciencia fascinante. Por un lado, escuchamos con frecuencia su mención en los medios de comunicación, principalmente en forma de pronósticos astrológicos, pero, por otro, casi no sabemos qué representa realmente ni qué puede ofrecer a una persona común con sus problemas actuales, ya sean de índole social-doméstica o espiritual.
Cuando se pregunta «¿qué es la astrología?», alguien responderá que es la ciencia de las estrellas, y otro precisará que es uno de los métodos para predecir el futuro, que permite orientarse en el espacio vital. Ambos tienen razón. Solo a pocos les consta que recurrir a la astrología es, ante todo, una oportunidad para conocerse a sí mismo, encontrar la causa de los eventos externos que ocurren dentro de la propia personalidad.
La astrología moderna no considera el horóscopo como un destino inmutable que anula la posibilidad de elección humana y el crecimiento espiritual, sino como un conjunto de tareas asignadas al individuo al nacer. Según cómo actúe en cada situación y qué elección realice, así se configurarán las circunstancias externas de su vida. El objetivo de la astrología radica, precisamente, en ayudar a la persona a comprender el significado de los eventos pasados, los que están ocurriendo ahora y, además, a tomar conciencia de los principales vectores de desarrollo de su propio camino de vida único. Al dilucidar estos sentidos individuales, surge en el ser humano una nueva comprensión de sí mismo y del mundo circundante, lo que le permite transformar su estilo de acción y, en consecuencia, mejorar su futuro.
Sin embargo, sería incorrecto reducir la astrología únicamente a un enfoque psicológico, a estudiar las particularidades psicológicas de la personalidad. Cualquier persona reflexiva que profundice en esta ciencia singular llega inevitablemente a conclusiones sorprendentes que permiten entender no solo al propio ser, sino también al mundo en general y su lugar en él. Como escribió el conocido astrólogo Llewellyn George: «La astrología, como intérprete de la Naturaleza, muestra que el mundo se rige según un plan bien elaborado, que todo se ordena de manera admirable, se desarrolla en el tiempo con precisión asombrosa y se manifiesta con una exactitud infalible».
La capacidad de percibir las conexiones universales y generales entre los eventos en la Tierra fue, en un principio, el motor del desarrollo de la astrología como ciencia. Y, en efecto, es la ciencia más antigua de la Tierra. Acompañó el surgimiento de la civilización. Al dedicarse a la agricultura, el ser humano observó la ciclicidad del flujo natural y la repetición de los fenómenos. Se sabe que, hacia el inicio del XI milenio a.C., ya estaba formada en la antigua Asiria, Babilonia e India. La astrología no pasó por alto ninguna cultura conocida: la encontramos en Egipto, China, la antigua Grecia y la antigua Roma. También se difundió ampliamente en el mundo árabe.
La astrología no es solo la ciencia más antigua de la Tierra, sino que se convirtió en un estímulo para el desarrollo de otras disciplinas, actuando como herramienta indispensable tanto para el conocimiento del mundo circundante como, y sobre todo, para entender el lugar del ser humano en él. Por eso, entre sus seguidores, encontramos nombres ilustres para la ciencia como Pitágoras, Platón, Avicena, Biruni, Copérnico, Galileo y Kepler. En épocas posteriores, destacan Newton, el matemático y filósofo Leibniz, Walter Scott, Stendhal, Byron, Shelley, Goethe. También la estudiaron muchos científicos del siglo XX, como C.G. Jung, A. Einstein, su seguidor David Bohm y muchos otros.
Especialmente interesante, en relación con el enfoque mencionado sobre la astrología, es la concepción del «Universo Holográfico» de uno de los físicos teóricos más destacados del mundo, David Bohm. ¿Qué es, entonces, el «Universo Holográfico»? Según Bohm, la naturaleza de la realidad en la que existimos es un flujo unificado y dinámico que posee una especie de estructura holográfica, en la que cada partícula contiene información sobre el flujo en su totalidad. Este flujo tiene dos aspectos principales: el orden explicativo y el orden implicativo.
El orden explicativo es el mundo externo, el universo del espacio material, el tiempo, la materia y la energía. Es el ámbito que estudia la ciencia y el que nuestra tradición occidental percibe como el mundo circundante. El orden implicativo, en cambio, es un mundo que Bohm describe como un campo de información similar a una onda, que penetra cada punto del espacio y del tiempo. Siempre presente en cualquier punto del universo físico, el orden implicativo proporciona información sobre el resto del universo. Más aún, este orden estructura y organiza lo que se denomina «manifestado». Puede imaginarse como el mundo de los arquetipos, el mundo espiritual o como la prefiguración del mundo manifiesto.
Según la enseñanza de Bohm, el ser humano no es simplemente un ser fisiológico «descendido del mono», sino una suerte de espacio holográfico que, en potencia, tiene acceso a la plenitud de la conciencia. Aquí también encontramos un eco de muchas doctrinas religioso-filosóficas. Al adentrarnos en nuestro interior, descubrimos que todo está dentro de nosotros. Cada uno de nosotros es todo.
Si volvemos a la astrología, a la luz de todo lo expuesto, se hace evidente y lógico el enfoque planteado sobre su esencia. La carta astrológica, por un lado, refleja la disposición real —es decir, físicamente perceptible— de los planetas y estrellas en el cielo en un momento concreto, vinculado a un evento (ya sea un nacimiento, un matrimonio, la apertura de una empresa, etc.), representando así el orden explicativo. Por otro lado, en el nivel implicativo, nos brinda información sobre el mundo espiritual de valores y sentidos, los objetivos y significados de ese instante. Trabajar en este plano permite corregir y estructurar el orden explicativo del mundo externo, modificando así las circunstancias externas, transformándolas y cambiándolas en una u otra dirección.
Por eso, la realización de ciertos eventos está, ante todo, ligada al nivel espiritual en el que se encuentra la persona, a su capacidad para percibir lo que ocurre a su alrededor y, sobre todo, a su disposición para cambiarse a sí misma, en lugar de quejarse constantemente de las adversas condiciones externas y buscar ayuda fuera en un afán infantil. No en vano, la antigua sabiduría china enseña que lo único y más difícil que puede y debe hacer el ser humano es no transformar el mundo que lo rodea, sino cambiarse y transformarse a sí mismo; y entonces, el mundo cambiará.
Autor: Perestoronina N.M.




