Авесалом Подводный LOS ARQUETIPOS SUPERIORES: EXPERIENCIA DE UNA INVESTIGACIÓN PSICOLÓGICA INTRODUCCIÓN Todo lo que está escrito en este libro es bien conocido por el lector. Simplemente no siempre lo recuerda o lo denomina con otras palabras. Este libro fue concebido por el autor como una especie de introducción a la psicología. Está destinado a personas que, sin ser psicólogos por formación o profesión principal, sin embargo, se enfrentan diariamente a numerosos representantes de la especie humana y sus problemas, y se ven obligados, de una forma u otra, a adaptarse a unas personas y a dirigir a otras, utilizando para ello métodos que no siempre comprenden del todo. La comunicación, o más simplemente, el trato humano es tan cotidiano y habitual que parece al no profesional que no contiene matices ni enigmas especiales. Por otro lado, los más altos logros de profesionales como psicoterapeutas, empresarios, juristas, políticos y diplomáticos están en gran medida relacionados con la habilidad de ajustarse con sutileza y de influir con igual fineza en sus interlocutores, utilizando métodos psicológicos que la mayoría de ellos dominan de manera puramente intuitiva, mientras que otros ni siquiera llegan a dominarlos.
Caminos reales hacia el inconsciente. El principal logro de la psicología teórica del siglo XX, vinculado ante todo al nombre de Sigmund Freud, fue el descubrimiento del inconsciente, es decir, de los procesos psíquicos ocultos para el ser humano que, sin embargo, influyen en gran medida en su percepción del mundo, en su autoconciencia y en su comportamiento. Por supuesto, no se puede decir que Freud fuera el primero en descubrir la existencia del inconsciente, pero, en primer lugar, hizo hincapié en él. Dijo al mundo civilizado: “¡El inconsciente existe!” — y fue escuchado, y, en segundo lugar, investigó y describió detalladamente los caminos mediante los cuales se puede penetrar en el inconsciente y obtener información sobre él. El principal método que usó el fundador del psicoanálisis con respecto al inconsciente fueron las asociaciones libres vinculadas al contenido de los sueños de las personas. Freud incluso afirmaba que los sueños son el camino real hacia el inconsciente. Este mismo punto de vista lo compartía el alumno más famoso de Freud, el psicólogo suizo Carl Jung, a quien se puede considerar precursor de la psicología transpersonal, que se desarrolló intensamente en la segunda mitad de nuestro siglo. Jung, al estudiar los sueños de sus pacientes, se encontró con la sorprendente circunstancia de que en esos sueños aparecían símbolos incomprensibles y desconocidos para los propios pacientes, pero muy significativos y populares en otras épocas y culturas. De ahí Jung llegó a la conclusión de que, a través de su psique y su inconsciente, el ser humano, sin saberlo, está conectado con otras personas y culturas mediante arquetipos universales, o prototipos, que reflejan en el inconsciente personal los temas básicos y generales de toda la humanidad, representados en los mitos, leyendas y cuentos más extendidos. Al igual que su maestro, Jung también consideraba que la interpretación de los sueños es el camino real hacia el inconsciente individual.
Ya en la segunda mitad del siglo XX, nuestro contemporáneo, el psiquiatra checo Stanislav Grof, al estudiar el efecto de la psique de sus pacientes bajo la influencia de un potente fármaco psicotrópico como el LSD, se encontró con unos efectos de penetración en las profundidades de su memoria e inconsciente que le parecieron incomparables incluso con el profundo psicoanálisis. Y, resumiendo las ventajas de su método, Grof observó que el camino real hacia el inconsciente es el LSD. (En la última década, este fármaco, prohibido por sus efectos secundarios negativos, ha sido reemplazado por un método más suave, el llamado “respiración libre”, que produce resultados similares en la penetración en la psique).
Para Freud, Jung y Grof, así como para sus seguidores, el objetivo común era penetrar en la raíz inconsciente de sus problemas psicológicos, por ejemplo, en la experiencia traumática primaria cuya reacción generó sus problemas actuales. Este enfoque de la psicoterapia se puede denominar quirúrgico, pero no es el único posible. En general, el darse cuenta de las contradicciones profundas y los traumas del inconsciente es una experiencia demasiado dolorosa para la mayoría de las personas, para la cual no están psicológicamente preparadas. Por eso su inconsciente se resiste a esta intrusión directa tanto como puede, y la astucia y eficacia de esta resistencia solo pueden asombrar. Más delicado y que provoca menor resistencia inconsciente es el enfoque terapéutico en el que el psicólogo no busca que el paciente tome conciencia de la raíz inconsciente y las fuentes de sus problemas, sino que interactúa con ellos de manera indirecta, por caminos indirectos. Si este enfoque tiene éxito, el paciente no entiende bien por qué los síntomas que le preocupaban desaparecieron o se debilitaron, y el papel del psicoterapeuta, al menos, se vuelve poco evidente. Esta última circunstancia es en gran medida desfavorable para el terapeuta (en primer lugar, no surge en él una adecuada sensación de logro, y en segundo lugar, el cliente puede preguntarse ¿por qué pagó?), pero es beneficiosa para el cliente, que no cae en el guión de Víctima Desamparada, inevitable en cualquier ayuda efectiva.
¿Existe un camino hacia el inconsciente que no esté directamente relacionado con el darse cuenta de las experiencias traumáticas del pasado y otras zonas dolorosas? Según la opinión del autor, tal camino es el estudio de las modalidades (características cualitativas) de percepción y comportamiento humano que corresponden a los arquetipos más altos, es decir, más abstractos. Que el lector juzgue si este camino es el real; la tarea del autor es describirlo y recorrerlo junto al lector hasta el momento en que nuestros caminos se separen, es decir, hasta la última página de este libro.
Modalidad. El estudio de la psique humana apenas comienza, y no hay nada extraño en ello, ya que es el objeto más complejo conocido en el universo. El descubrimiento revolucionario del siglo XX fue la asimetría funcional del cerebro, es decir, la confirmación anatómico-fisiológica de la existencia de dos tipos fundamentalmente distintos de pensamiento: el lógico-discursivo (hemisferio izquierdo) y el abstracto-imaginativo (hemisferio derecho). En particular, el hemisferio izquierdo se centra en el foco, en el contenido y en el sentido concreto, mientras que el hemisferio derecho responde por el fondo, el entorno y las circunstancias generales que conforman una imagen única. Parecería que estos roles son igualmente importantes; sin embargo, esto solo ocurre al considerar la vida cotidiana y el pensamiento humano. Al pasar a los aspectos más sutiles y, al mismo tiempo, más importantes de la vida humana, a lo que diferencia al ser humano del animal y lo convierte en un ser consciente y espiritual, capaz de dialogar con el principio divino del universo, resulta que el papel del hemisferio derecho aumenta bruscamente: según la opinión del autor, se convierte claramente en el principal.
La fe religiosa, los impulsos espirituales, el humanismo no son lógicos, sino imaginativos, y el pensamiento racional aquí solo es bueno si se somete incondicionalmente a la imagen única e irracional primaria. Un fenómeno similar se observa también al estudiar la psique y el inconsciente humanos: las estructuras más fundamentales de estos se comprenden mejor mediante el hemisferio derecho que mediante el izquierdo del investigador (si, por supuesto, este no es zurdo). En particular, cuanto más profundo es el inconsciente, más adquieren importancia las preguntas “¿cómo?” y “¿en qué estilo?” en comparación con “¿qué?” y “¿dónde?”.
Para la psique, con frecuencia es más importante el contexto, los matices, el contenido general, el tono, que la acción concreta, los detalles o las relaciones exactas. Además, la psique es extremadamente asociativa, y las “asociaciones libres” que utilizaban Freud y Jung son, al parecer, no solo un método psicológico particular, sino un mecanismo fundamental de conexión entre diferentes esferas y áreas del inconsciente. Estas asociaciones surgen según el principio de la comunidad de alguna cualidad, o modalidad, que poseen dos palabras o recuerdos que, de otro modo, no están relacionados entre sí. Sin embargo, ¿son todas las cualidades, o modalidades, igualmente importantes para la psique? Las más fundamentales son aquellas que están constantemente presentes (en una de sus variantes) en ella, aunque con frecuencia de manera imperceptible para el ser humano. Estas modalidades corresponden a los arquetipos más altos, es decir, más abstractos, y pueden superponerse de manera caprichosa unas sobre otras, formando los patrones y entrelazamientos más diversos, muy individuales para cada persona.Se puede incluso decir que la individualidad psíquica única de una persona reside precisamente en la específica combinación de modalidades de los arquetipos superiores que lo acompañan a lo largo de su vida ordinaria (o extraordinaria). La capacidad psicológica de una persona se determina, ante todo, por la precisión con la que sabe (la mayoría de las veces de manera inconsciente) percibir las modalidades de la realidad circundante y reaccionar adecuadamente a ellas. La dificultad aquí radica, además, en que estas modalidades cambian con bastante rapidez, y la reacción del profesional debe ser instantánea. Pero la principal dificultad consiste en superar la fijación rígida de las modalidades propias de cada persona y no imponerlas a los demás. Una persona que impone bruscamente sus modalidades a los demás transmite la impresión de ser un tirano, un grosero psicológico, un rinoceronte de piel gruesa, un egoísta rígido, aunque en su interior, en lo profundo de sí misma, no corresponda a estas características; sin embargo, la sociedad no perdona la falta de atención del individuo hacia las modalidades que utiliza. Al contrario, quien maneja con maestría y sutileza las modalidades de su propio comportamiento y el ajeno obtiene el título de hechicero, favorito de la sociedad, centro de atracción social, talento administrativo, genio de la comunicación, etc.; y aunque su comprensión de los demás pueda no ser profunda, las claves que intuitivamente encuentra abren puertas mucho más secretas de lo que él mismo imagina.
El libro que se ofrece a la atención del lector, según la intención del autor, es absolutamente práctico: permite al lector aplicado y atento no solo familiarizarse teóricamente con los arquetipos superiores, sino también aprender a reconocer sus manifestaciones en las modalidades que él mismo y las personas a su alrededor utilizan, así como en su propia psique, o al menos, en los casos más extremos, cuando la psique se resiste a ello por alguna razón inexplicable.
Los arquetipos superiores. La búsqueda de arquetipos relevantes para la época es una tarea de antropólogos, culturólogos y poetas; los filósofos deben dedicarse a su reflexión y descripción abstracta, mientras que la psicología teórica y práctica se encarga de estudiar su refracción en la psique humana, el inconsciente y el comportamiento. En este libro, el autor aborda principalmente este último aspecto, es decir, las manifestaciones de los arquetipos en la psicología y el comportamiento humanos.
El conjunto de arquetipos considerados en el libro es, en esencia, conocido por el lector de las obras anteriores del autor, “Astrología esotérica” y “El velo de Maya, o Cuentos para neuróticos”; sin embargo, si allí el análisis psicológico solo estaba esbozado, en esta obra el autor se propone ofrecer una imagen detallada, amplia y profunda de las manifestaciones de los arquetipos en la mayoría de los aspectos de la existencia humana. ¿Para qué sirve esto? La cuestión es que la descripción filosófica abstracta de un arquetipo superior suele ser muy simple, tanto que un alumno de primaria puede entenderla; pero la acción de este arquetipo en una situación concreta del mundo externo o interno de una persona trasciende el contenido de la situación correspondiente, así como su particular matiz o modalidad, que la persona, por lo general, no advierte especialmente, aunque desempeña un papel primordial en la psique.
Numerosos problemas psicológicos e imperfecciones están relacionados con el uso inexacto o francamente desafortunado de las modalidades básicas, y a menudo da la impresión de que tras estos errores se esconde una fuerza inconsciente deliberada que literalmente obliga a la persona a utilizar modalidades inadecuadas en perjuicio propio. Un psicólogo de la escuela freudiana o junguiana, al observar esto, intentará determinar qué causas internas provocan estas distorsiones sistemáticas y descubrir la experiencia infantil correspondiente. Sin embargo, esto, en primer lugar, no siempre es posible, y en segundo lugar, implica superar una gran resistencia inconsciente: la psique no aprueba la intrusión directa en sus zonas íntimas y dolorosas. Al mismo tiempo, el conocimiento detallado de otras variantes de percepción y comportamiento, generalmente ignoradas por la persona, relacionadas con el uso de otras modalidades, ofrece la posibilidad de una psicocorrección sustancial (y muy profunda) sin necesidad de buscar y corregir las “verdaderas” causas de la neurosis.розуміння de Freud o Grof. En este enfoque hay sus ventajas y desventajas: es menos impactante, suele requerir un tiempo considerable y exige del cliente un gran trabajo personal. Por otro lado, es más “terapéutico” y se integra más fácilmente en la vida cotidiana del cliente; además, en este enfoque el tratamiento se produce como resultado indirecto del proceso de aprendizaje, lo que, en opinión del autor, será la dirección principal de la psicoterapia del siglo XXI.
Modalidades y libertad. La cuestión de la libertad interior del ser humano y su capacidad para “dominarse” a sí mismo está estrechamente relacionada con su conciencia y dominio de las modalidades de su comportamiento externo e interno. Esto es evidente incluso en la vida cotidiana: amigos y familiares suelen ofenderse unos a otros no por lo que se hacen, sino por cómo lo hacen. Una petición expresada con tono de orden; una disculpa pronunciada con tono acusador; una muestra de empatía expresada con descuido: son causas típicas de ofensas, tanto a corto como a largo plazo. Sin embargo, una observación atenta muestra que estas inadecuaciones no son casuales y que, al parecer, la sencilla y obvia corrección del comportamiento resulta para la persona psicológicamente —por razones que le son incomprensibles— una tarea extremadamente difícil. No obstante, al lograrlo, la persona experimenta un alivio general en su vida, adquiriendo una libertad de experiencias y acciones mucho mayor que antes.
Objetivos. Al describir detalladamente los niveles de elaboración de los arquetipos superiores y las manifestaciones de las correspondientes modalidades en distintos materiales de vida, el autor perseguía tres objetivos principales. El primero consistía en ofrecer al lector la descripción más completa posible de estos arquetipos y de su influencia en la psique y el comportamiento humano. El segundo objetivo era ayudar al lector a percibir correctamente a las personas muy diferentes de sí mismo y encontrar medios adecuados de comunicación con ellas. Y, por último, el tercero —y más importante para el autor— consistía en elaborar una guía práctica para el autodesarrollo: al leer las descripciones presentadas, el lector, según espera el autor, no solo reconocerá en sus conocidos, colegas y personajes cinematográficos, sino que también obtendrá claves para desarrollar en sí mismo las habilidades y capacidades más adecuadas.
Si el lector se plantea como objetivo dominar activamente el material propuesto, tras leer cada fragmento de descripción del arquetipo puede plantearse las siguientes preguntas:
* ¿Qué modalidades descritas son las más características de mí mismo y cuáles de mi entorno?
* ¿Qué modalidades descritas son insoportables para mí y cuáles para mis amigos y enemigos?
* ¿Qué espectro de modalidades me es en principio accesible y cuáles nunca utilizo y por qué? ¿Son serias estas limitaciones o solo encubren algo más profundo?
* ¿Qué espectro de modalidades atribuyo a mi entorno y cómo se correlaciona con el espectro que me permito a mí mismo? ¿Qué me permito realmente?
Después de esto, el lector puede, para cada una de las modalidades descritas por el autor, inventar un ejemplo de vida donde se utilice e intentar ponerlo en práctica. Luego puede analizar su experiencia vital desde esta perspectiva:
* ¿Qué problemas difíciles podrían haberse evitado o resuelto con menores costes simplemente mediante una selección cuidadosa de las modalidades utilizadas?
* ¿Qué casos de malentendidos graves o distorsiones en la comprensión de una persona o situación estuvieron relacionados con una interpretación incorrecta de la modalidad de lo que ocurría?
El autor no duda de que una reflexión seria sobre estos temas llevará al lector a descubrimientos inesperados y de gran alcance.
Arquetipos universales y psicología
Tiempo y arquetipos. La dinámica del tiempo está determinada y se manifiesta a través de los arquetipos dominantes en la sociedad; el cambio de épocas implica un cambio de arquetipos o, al menos, de sus formas de manifestación y énfasis. Por lo general, los arquetipos líderes de una época están velados y mediados por rituales sociales y concepciones semiconscientes generalmente aceptadas, con las que nadie discute ni cuestiona —simplemente porque no se les ocurre—. El aire que respiramos no es objeto de debate hasta que cambia radicalmente su composición química, a la que hay que adaptarse de nuevo o, si resulta imposible, modificarla cualitativamente. Sin embargo, ahora no solo cambian las formas de vida social de las grandes colectividades, sino que también cambia el ser humano mismo; cambian las variantes arquetípicas de los destinos de los individuos y las colectividades, y se hace incomparablemente más claro la propia naturaleza humana como creación divina y herramienta divina en el mundo.
La información y las técnicas que antes estaban al alcance de un círculo reducido de elegidos se desclasifican y se hacen accesibles a todos los interesados —aunque, al hacerlo, pierden su carisma inicial y pasan de ser los últimos peldaños del Este a los primeros, pero, en cualquier caso, se abren a quienes buscan—. La palabra griega arquetipo significa, en su traducción, prototipo. De la mano del famoso psicólogo suizo Carl Jung, entró en la cultura occidental del siglo XX con el significado de “patrón universal”, y aunque Jung entendía el arquetipo de manera bastante concreta —como un mito o símbolo universal presente en la mayoría de las culturas religiosas—, con el tiempo el significado de esta palabra se amplió hasta convertirse en la representación de lo universal, sin perder por ello su sonido esencial.
La búsqueda y descripción inicial de los arquetipos líderes (activos) de una época es tarea de la culturología y la filosofía, pero sin un estudio detallado de su influencia en la psique de los individuos y las colectividades no puede considerarse completa, ya que es en la psique donde el arquetipo se manifiesta de manera más desarrollada y completa.
Arquetipos y modalidades. El arquetipo no se manifiesta en el comportamiento interno y externo del ser humano de manera directa, sino a través de una cierta modalidad, es decir, a través de la cualidad de los procesos que ocurren dentro y fuera de la persona. Las personas suelen tender a no prestar atención a las modalidades que utilizan o que se les dirigen, interesándose más por la “esencia del asunto”; sin embargo, para el subconsciente, y también para la vida del ser humano en su conjunto, las modalidades desempeñan un papel no menos importante que la conciencia de la “esencia del asunto”, tiñéndolo de ciertos tonos y matices que, al final, resultan ser el factor principal, mientras que lo que parecía ser la esencia retrocede a un segundo plano o incluso pierde toda relevancia.
Una de las tareas del psicólogo práctico consiste en ayudar al cliente a ver con claridad el espectro de modalidades que utiliza, así como ampliarlo; por ello, gran parte de esta investigación está dedicada a cómo y hacia dónde se puede ampliar este espectro.
Arquetipos universales y privados. Por lo general, los arquetipos superiores no existen de manera aislada: aparecen en grupos afines (o clanes, si se prefiere), estrechamente vinculados entre sí tanto en el plano filosófico como en la psicología individual, y es precisamente así, de manera sistémica, como resulta natural describirlos —al menos, el autor sigue este camino—. El conjunto completo de arquetipos privados interrelacionados entre sí forma un arquetipo universal, cuya descripción a nivel de las modalidades de la psique corresponde a su consideración desde una perspectiva única y muy específica.
¿Qué aporta este enfoque? Por ejemplo, según la experiencia del autor, cualquier problema psicológico de una persona, por concreto que parezca, siempre va acompañado de graves desequilibrios e interacciones entre los arquetipos privados (modalidades) dentro de algún arquetipo universal (a menudo de varios simultáneamente). Por lo tanto, al aprender a equilibrar correctamente los arquetipos privados correspondientes, la persona, aunque no resuelva radicalmente su problema más acuciante, al menos mejora sustancialmente el terreno enfermizo sobre el que creció.
Se puede decir con seguridad que el arquetipo define una determinada forma de ver (percibir, interpretar) el mundo; los arquetipos privados dentro de un arquetipo universal dado ofrecen, en conjunto, una visión multidimensional que permite abarcar el objeto (proceso) desde todos los ángulos, sin dejar nada sin notar.
Como ejemplo, lancemos una primera mirada a los arquetipos universales que se analizan en detalle en las correspondientes secciones del libro. Arquetipo holístico. Este arquetipo universal consta de dos arquetipos privados: el global y el local.
Al arqueotipo global le corresponde la visión del objeto en su conjunto, cuando se lo considera como un sistema cerrado único que existe aislado del resto (del mundo externo): es, si se quiere, el arquetipo del marco, que se aplica a un fragmento determinado del mundo, lo aísla del espacio circundante con un muro infranqueable y lo integra en un todo unitario.
El arqueotipo local considera el objeto como una parte destacada (un detalle) de un todo mayor, con el cual se halla vinculado por diversos lazos. En este caso, tanto el todo en sí mismo como las demás partes se perciben como envueltas en una espesa niebla, como si se dieran por supuestas, mientras que toda la atención se centra en el objeto en cuestión.
Así pues, las visiones global y local del objeto son, en cierto sentido, opuestas y complementarias: la visión global implica considerar el objeto en su integridad, cuando todos los detalles —y en particular, los secundarios— pasan a un segundo plano; la visión local fija uno de los detalles (elementos, partes) de dicho objeto, estudia sus particularidades, examina sus combinaciones con otros detalles dentro del marco del todo.
Arquetipo diádico (véase el libro del autor El velo de Maya, o Cuentos para neuróticos). Este arquetipo universal también se compone de dos arquetipos que, en la tradición china, se denominan yin (principio femenino) y yang (principio masculino); en la tradición occidental, estos conceptos se corresponden aproximadamente con las nociones de materia y espíritu. El principio yang (masculino) suele describirse como activo, estimulante, creador, que se encarna; el principio yin (femenino) se presenta como inerte, reactivo (que responde a influencias), receptivo, susceptible de ser influido, material para la creación (encarnación). Por tanto, puede decirse que el yang influye, mientras que el yin es influido; en este sentido, todo lo relacionado con las características de la influencia —el designio, la energía, los instrumentos— son atributos yang, mientras que todo lo vinculado al objeto de la influencia —sus cualidades, los modos y aspectos de su respuesta— son atributos yin.
Arquetipo dialéctico (véase el libro del autor Astrología esotérica). Este arquetipo universal incluye tres arquetipos particulares que corresponden a tres fases de la existencia del objeto: la creación, la realización y la disolución. El arquetipo (fase) de la creación responde al período en que el objeto surge en el entorno como si brotara de la nada o a costa de este; se construye, se crea, toma préstamos y supera las pruebas iniciales en condiciones artificialmente favorables; aquí se plantea su tarea kármica. El arquetipo (fase) de la realización corresponde al período de la vida del objeto en que este se halla en equilibrio con el entorno, participa plenamente en la división del trabajo prevista en el mundo externo, toma pequeños créditos y los devuelve con rapidez, y cumple, en general, su tarea kármica. El arquetipo (fase) de la disolución responde al período de destrucción del objeto; en esta fase, deja de cumplir las funciones que le eran propias durante la realización, pierde el equilibrio con el entorno, convirtiéndose en su víctima, paga las deudas a largo plazo contraídas aún en la fase de creación y finaliza su tarea kármica, completando lo que quedó pendiente en la fase de realización.
Los arquetipos temporales (fases temporales) en la vida de cualquier persona y en cualquier situación cambian de un modo muy caprichoso, y su seguimiento atento brinda a la persona una comprensión mucho más profunda de la dinámica de los procesos externos e internos.
Individualidad y modalidades. Cada persona necesita adquirir y desarrollar su individualidad única (incluso si no es consciente de ello o ha reprimido esta necesidad en el inconsciente). Esta individualidad se manifiesta, por regla general, en los matices y acentos que surgen de manera espontánea y, por así decir, desde ningún sitio, tiñendo su comportamiento, su percepción del mundo y su autoexpresión con ciertos tonos y matices. Sin embargo, no es raro que estos matices no encuentren una actitud lo suficientemente favorable por parte del entorno, y la persona intenta modificarlos de manera radical —en perjuicio de su individualidad—. Otra variante de distorsión esencial del destino personal surge cuando la persona no otorga importancia a las modalidades importantes de su vida externa e interna, vive “como sea” o “como todos”, ignorando los matices muy significativos para sí misma (y, con mayor frecuencia, también los “gruesos”). En este caso, los semitonos y matices que, aunque no percibidos por ella, son muy importantes para su ser, la arrastran tras argumentos vitales ajenos a los suyos, de los que intenta liberarse en vano mediante acciones directas (actuando según una “esencia” miope), y, al convencerse de la inutilidad de tales intentos, termina por rendirse desesperanzada. En realidad, encontrar y defender el derecho a las “propias” modalidades de comportamiento y percepción es la tarea espiritual más importante del ser humano, sin cuya resolución no puede realizarse ni resolver las principales tareas de su vida actual.
Sin embargo, esto no es tan sencillo: en particular, las modalidades del comportamiento externo e interno que se manifiestan en la persona durante la infancia o se desarrollan intensamente en la juventud, en muchos casos representan imposiciones del entorno familiar y social, de las que es necesario deshacerse o corregir sustancialmente. Y aunque la persona se disponga a hacerlo, en gran medida actúa de manera espontánea e inconsistente, sin contar con un lenguaje adecuado para expresar sus problemas; la creación de dicho lenguaje y la dedicación a este esfuerzo son los objetivos del autor.
Modalidades e inconsciente. Por definición, las modalidades suelen percibirse por el inconsciente —la conciencia dirige la esencia, lo que está sucediendo—. En aquellos casos en que el discípulo aprende de manera especial una nueva modalidad, esta, por supuesto, se sitúa en el centro de su atención, pero, por regla general, solo por un tiempo, hasta que se domina, y luego vuelve a quedar en la periferia de la conciencia. Por otro lado, son precisamente las modalidades las más adecuadas para ser percibidas y almacenadas por el inconsciente —este es arquetípico y simbólico en mucha mayor medida que la conciencia, y las modalidades son su lenguaje natural—.
A principios del siglo XX, Sigmund Freud expresó la idea de que el camino real hacia el inconsciente es la interpretación de los sueños, y su discípulo Carl Jung coincidió con él. En la segunda mitad de nuestro siglo, el tercer gran investigador del inconsciente, Stanislav Grof, que llevó a cabo sus estudios mediante experimentos con LSD, afirmó que el camino real hacia el inconsciente son los trances psicodélicos. Sin embargo, tanto uno como otro (es decir, tanto el sueño como el trance con LSD) son estados de conciencia marcadamente alterados, y, sin poner en duda en absoluto a los clásicos, el autor considera que incluso en los estados ordinarios de conciencia del ser humano existe un acceso directo a su inconsciente —por así decir, un tercer camino real hacia este—: la observación de las modalidades que la persona utiliza y a las que responde; muchas de las páginas siguientes de este libro están dedicadas a ilustrar esta última tesis.
Modalidades: sintonía y complementariedad. En cualquier interacción del ser humano con el mundo externo y consigo mismo, son muy significativas —aunque con frecuencia pasan desapercibidas para la conciencia— las interacciones entre las modalidades. Si, al responderme, la persona emplea la misma modalidad que yo utilicé al dirigirme a ella, su respuesta será sintonizada, o, como a veces se dice, especular. Sin embargo, una respuesta sintonizada no siempre me satisfará, e incluso puede llegar a arruinar la comunicación: por ejemplo, si me dirijo a mi interlocutor en modalidad yang (activa), digamos, insistiendo intensamente en que haga algo, supongo que me escuchará y aceptará mis propuestas, es decir, que al menos durante mi monólogo asumirá, aunque sea temporalmente, una modalidad yin.
La modalidad que complementa naturalmente a esta se denomina complementaria (calco del término inglés complementary —que corresponde a algo—), y más adelante utilizamos el mismo término para los arquetipos: así, el arquetipo complementario al yin será el yang, y viceversa. El empleo en un diálogo de cualquier modalidad distinta a la complementaria constituirá un comportamiento no complementario, que dificulta la comunicación; no obstante, la no complementariedad puede ser de distintos grados: desde muy grosera, que de hecho rompe el tejido de la comunicación, hasta leve o apenas perceptible, que solo la complica de manera indirecta. Por ejemplo, interrumpir bruscamente al interlocutor en medio de su discurso e imponerle argumentos contrarios que no guardan relación alguna con el contenido de sus palabras es un comportamiento del tipo “yang sobre yang”, que, sin duda, es groseramente no complementario.
Menos grosera, aunque también no complementaria, es la reacción del tipo “yin sobre yin”, que ilustra la multívoca conversación vespertina de una pareja de esposos:
— Hoy he hecho tantas cosas en casa que no me apetece nada limpiar la cocina…
— Y yo he tenido un día laboral tan agotador que necesito revisar urgentemente las bolsas.
Así pues, el arquetipo se oculta en el fondo, en la modalidad, en la penumbra, más allá en el inconsciente. ¿Para qué sacarlo a la fuerza hacia la luz despiadadamente brillante de la conciencia? La respuesta es simple: el mundo lo gobiernan las sutilezas (la más sutil de ellas, lo Absoluto), y si queremos penetrar, aunque sea mínimamente, en los más delicados encajes del karma, ignorando las modalidades solo lograremos hacer agujeros en ellos y anudarlos aún más.
Por el contrario, sentir el arquetipo, que se expresa en una atención semiconsciente constante hacia las modalidades que empleamos nosotros mismos y que emplean quienes nos rodean, nos brinda un sentido sutil y preciso del tiempo, un sentido de la medida y unas excelentes habilidades comunicativas. Pero, por supuesto, esto aún está lejos de ser todo.
El mundo sutil rige los procesos principales del denso. El lenguaje del mundo sutil es el lenguaje de los arquetipos y de las cualidades abstractas que tiñen los eventos densos con tonos acuarelados de las correspondientes modalidades.
Por eso, al prestarles atención consciente, obtenemos una clave directa al karma sutil: cuanto mejor seamos capaces de distinguir los matices y los semitonos, más efectiva será esa clave.
Desde el punto de vista de la psicología,
Los arquetipos y las modalidades son el lenguaje más adecuado para describir las capas profundas del subconsciente, donde reinan símbolos muy abstractos y no hay cabida para ninguna concreción en su comprensión cotidiana: incluso una experiencia traumática, por muy concreta que sea, al convertirse en una fuente de bloqueo significativo en la psique, inevitablemente pasa por una fase de generalización esencial y, con su contenido emocional, comienza a teñir toda la vida de la persona, actuando como si estuviera “bajo un arquetipo”. Una persona que ha desarrollado en sí misma una atención constante hacia las modalidades utilizadas por su entorno y por ella misma nunca se verá sorprendida de manera abrupta por eventos repentinos, dramáticos o, mucho menos, catastróficos en su vida: estos siempre van precedidos de desequilibrios y tensiones significativas a nivel de manifestaciones arquetípicas sutiles. Por ejemplo, si son detectados a tiempo y comprendidos adecuadamente, pueden indicar caminos para prevenir una futura catástrofe o, al menos, mitigarla de manera sustancial.
Arquetipos y guiones vitales
Cualquier persona, tarde o temprano, descubre que su vida no es un conjunto caótico de casualidades, sino que, por el contrario, está sujeta a ciertas regularidades o un guion del que es extremadamente difícil —si no imposible— salir. Aunque el contenido real de la vida puede cambiar, algunos de sus rasgos y regularidades psicológicamente más significativos se mantienen invariables, sin importar qué. Probablemente, todos en su juventud se han enfrentado a la necesidad de escribir o, al menos, leer un tratado titulado: “¿Qué es la ‘mala suerte’ y cómo combatirla?”. Sin embargo, con los años, algunos individuos, por alguna razón, pierden interés en este tema, como si hubieran encontrado una respuesta constructiva clara a la pregunta planteada, mientras que otros se someten por completo a la astuta entidad invisible llamada “Mala Suerte”, convirtiéndose en sus amigos inseparables, y ningún esfuerzo por su parte logra desviar su atención de ellos.
El conocido psicólogo estadounidense Eric Berne introdujo incluso términos específicos para caracterizar los tres tipos de destino o camino vital de una persona: el perdedor, el mediocre (o “el que no pierde ni gana”) y el ganador. El perdedor se caracteriza por fracasar invariablemente en cualquier plan serio, por más apoyo y ventajas externas que reciba. Incluso cuando todo parece indicar que su empresa tendrá éxito, en el último momento crítico inevitablemente se enfermará, sufrirá un accidente automovilístico o simplemente olvidará transmitir información crucial, y el asunto quedará arruinado. El mediocre intenta evitar grandes fracasos y, por regla general, lo logra. Sabe cuál es su techo y no intenta superarlo, pero al mismo tiempo se esfuerza por mantener su nivel. Si se le presenta la oportunidad de ascender dos escalones por encima de su nivel con un esfuerzo significativo, lo rechazará —ya sea por miedo o por modestia natural, convencido de que tal tarea está fuera de sus posibilidades—. No es un héroe, pero tampoco un mendigo, y evita con éxito ambos extremos, temiéndolos y avergonzándose de ellos en el fondo de su alma.
El ganador no se impone límites a priori: si el destino le ofrece el puesto de presidente de Estados Unidos o le concede el carisma de un gurú milagroso, lo aceptará con gusto y, si la meta lo seduce, incluso hará esfuerzos significativos para alcanzarla. Por otro lado, intuitivamente sabe distinguir la línea que separa lo realmente alcanzable de lo que es fundamentalmente imposible para él, y siente una aversión abierta hacia los grandes fracasos —no solo los propios (que en él son extremadamente raros), sino también los ajenos—. Por lo general, se plantea metas realistas para sí mismo y las alcanza, aunque a veces a un costo mucho mayor que el mediocre. Berne afirma —y el lector probablemente estará de acuerdo— que cada uno de estos tres guiones vitales es extremadamente estable, por lo que, por ejemplo, vivir la primera mitad de la vida como mediocre y luego reconvertirse en ganador es muy difícil, si no imposible.
¿Qué determina estos roles y guiones vitales? Si se plantea la pregunta de manera retrospectiva, se pueden buscar sus raíces en el karma de vidas pasadas (o futuras), en las particularidades del parto (experiencias perinatales), en impresiones infantiles tempranas, en la educación, etc. Sin embargo, buscar las causas no anula el estudio del mecanismo actual de vivir un rol y un guion: ¿por qué a una persona todo le sale según un patrón y a otra, según otro completamente distinto? La respuesta a esta pregunta puede encontrarse en el estudio atento de las modalidades que la persona utiliza actualmente, su comportamiento, complementario en unos casos e intencionalmente no complementario en otros. Corregir las modalidades no complementarias parece implicar un cambio superficial en los modales de la persona, pero psicológicamente representa una intervención sutil en las capas profundas del subconsciente, responsables de los guiones vitales globales.
Por ejemplo, el guion vital del perdedor, independientemente de su origen, generalmente implica problemas de la persona con el arquetipo dialéctico, la incapacidad —o tal vez el deseo inconsciente— de distinguir la fase de realización de la fase de disolución: la causa típica de los fracasos crónicos es la interrupción de los esfuerzos precisamente cuando son absolutamente necesarios para la ejecución del proyecto, es decir, el hábito de autoboicotearse, que a veces se convierte en una neurosis. Sin embargo, la corrección de este tipo de comportamiento puede realizarse con cualquier material vital, incluso con uno alejado de lo traumático y lo esencialmente significativo, lo que permite un impacto terapéutico indirecto, algo similar a la terapia por metáforas de M. Erickson. La idea aquí es que el subconsciente, sin que la persona lo note, generaliza rápidamente el comportamiento concreto que utiliza correctamente la modalidad del tiempo hasta el nivel arquetípico. Así, el trabajo de una persona que consiste en rastrear y utilizar correctamente las modalidades de los arquetipos superiores puede llevar a cambiar incluso los guiones vitales globales.
¿En qué dirección se puede realizar este trabajo? Es evidente que la respuesta a esta pregunta depende en gran medida del arquetipo específico, pero existen algunas etapas comunes a todos los casos. Dado que los arquetipos superiores suelen agruparse en conjuntos afines que forman un arquetipo universal, su elaboración no se realiza de manera paralela, sino de manera interdependiente. Por lo tanto, es más correcto hablar de niveles de elaboración de los arquetipos universales, que se describen brevemente a continuación de manera general y luego se ilustran con ejemplos concretos.
Etapa 1. Caos primario
En esta etapa, la persona no diferencia en absoluto los arquetipos privados que componen este arquetipo universal. Por supuesto, no reflexiona sobre el uso de las modalidades correspondientes, ni siquiera nota cómo las utilizan los demás y, en particular, cómo las usa ella misma. Para esta etapa es característico el uso de modalidades como si estuvieran fundidas y no diferenciadas, pero incompatibles entre sí. Si se le pregunta a la persona qué modalidad tiene en mente, probablemente se quedará perpleja y no podrá responder, porque la pregunta carecerá de sentido para ella.
Ejemplo: “¡Me voy!”, declara el marido enfurecido a su esposa. Aquí es extremadamente importante la modalidad de tiempo utilizada, porque si se encuentra en la fase de creación, es decir, solo está comenzando a “irse”, la esposa tiene grandes posibilidades de enmendar su error, disculparse y convencer al marido de cambiar su ira por clemencia. Si la frase fue pronunciada en la modalidad de realización, significa que el marido ya ha llegado a un límite y (mental o incluso físicamente) está haciendo las maletas y preparando un nuevo lugar de residencia, por lo que a la esposa no le bastará con una disculpa pasajera, sino que tendrá que trabajar a fondo para mejorar la situación familiar. Si, en cambio, el marido pronunció su frase en la modalidad de disolución, significa que la cuestión de su permanencia en el hogar ya está prácticamente resuelta en su contra, que emprenderá un largo viaje y se lo está comunicando, por lo que la resistencia por su parte será casi inútil —o requerirá medidas extremas como una gran histeria o incluso un intento de suicidio—.Para la primera etapa de elaboración del arquetipo universal es característica la mezcla de modalidades no combinables; en este caso, el hombre no muestra externamente ninguna de las tres descritas, como si dejara a su esposa elegir por sí misma cómo entenderlo, pero si ella lo entiende de manera cambiante (por ejemplo, en la modalidad de disolución en lugar de la de creación que él inconscientemente espera) y reacciona en consecuencia (dice: “¡Adiós, amor!”), él se sentirá muy irritado, sin poder explicar en qué consiste exactamente. Otra particularidad de la primera etapa de elaboración del arquetipo universal es la autoincongruencia bruta (incongruencia) de la conducta humana, que se expresa en intentos de usar simultáneamente modalidades incompatibles. “¡Yo quiero!”, declara la esposa caprichosa. ¿Qué presenta ella al marido: su estado o su intención, el yin o el yang? Según la idea (semiinconsciente) de la mujer, ambas cosas a la vez, porque ni una ni otra modalidad por separado la satisfacen: el yin es demasiado débil (“¿Acaso quieres poco?”, puede responder el marido insatisfecho), y el yang no es lo suficientemente femenino (una mujer verdadera no ordena, solo permite mediante señales indirectas).
Etapa 2. Identificación. Si en la primera etapa la persona no distingue en absoluto los arquetipos privados dentro del universal ni presta atención a sus modalidades, en la segunda comienza a diferenciarlos, al menos en aquellas situaciones donde se manifiestan con suficiente claridad. Figuradamente, nota los tonos, pero con sobretonos. En este proceso, suele llamar su atención uno de los arquetipos privados, que se convierte en su favorito, mientras que los demás suelen ser ignorados, despreciados por considerarlos poco expresivos, irrelevantes o groseros; no le gustan o se cree indigno de ellos. En esta etapa se destacan las características principales de inclusión de los arquetipos privados y, hasta cierto punto, la persona comienza a rastrearlos de manera consciente o semiinconsciente, comprendiendo que desempeñan un papel esencial en lo que ocurre con ella y a su alrededor. Sin embargo, el arquetipo privado favorito lo explora de manera bastante diversa, aunque aún no en profundidad, mientras que los demás suelen quedar prácticamente sin estudiar. Para esta etapa es característica la ausencia de un diagnóstico diferencial desarrollado, es decir, la persona no reflexiona sobre qué señales permiten determinar la inclusión de tal o cual arquetipo privado, y por ello son frecuentes efectos (que pasan desapercibidos para ella) como la sustitución de arquetipos y su fusión (lo último es típico de la primera etapa de elaboración). La sustitución de un arquetipo privado por otro, especialmente cuando el favorito reemplaza a uno de los ignorados, es típico de la segunda etapa. En otras palabras, la persona domina la modalidad correspondiente al arquetipo que ha elegido y trata de aplicarla en todo momento y lugar, incluso en casos donde es completamente inapropiada o imposible. En el último caso, en realidad usa otra modalidad, pero para sí misma finge que se trata de su favorita. En esta etapa se produce el reconocimiento de situaciones de incomplementariedad, es decir, la persona entiende en principio qué modalidades debe aplicar en respuesta a un estímulo del mundo externo, pero rara vez sigue esta comprensión. La causa suele ser la represión de las demás modalidades por parte de la favorita, lo cual es psicológicamente comprensible: domina mejor esa modalidad. Las situaciones que requieren aplicar un arquetipo no dominado suelen poner a la persona en un callejón sin salida, generando rigidez, neurosis o histeria. En esta etapa, la persona suele notar la incomplementariedad más en su propia conducta que en el mundo externo. Por ejemplo, en la segunda etapa de elaboración del arquetipo diádico es común que la persona elija como favorito el yang (influencia activa), mientras que el yin (principio de percepción, obediencia, sumisión) le resulta desagradable y despreciable. En este caso, puede interrumpir a su pareja y responder a la agresión con agresión, sin percibir en absoluto la incomplementariedad de su conducta y considerándola no solo natural, sino la única posible. Por otro lado, notará más rápido la reacción incomplementaria del mundo externo a su conducta, aunque tampoco de inmediato. Por ejemplo, si es un jefe, rápidamente dividirá a sus subordinados en dos categorías: obedientes y rebeldes, y tratará a los primeros de manera significativamente más positiva, aunque esto no signifique que les cargue menos trabajo, sino más bien lo contrario. Una situación típica de sustitución en nuestro ejemplo se expresará en que una persona con acentuación del inicio yang en la segunda etapa de elaboración del arquetipo diádico no sabrá disculparse. La frase más simple: “Yo fui el culpable”, le resultará casi imposible, y tratará de reemplazar la modalidad yin por la yang, ofreciendo disculpas indirectas como: “Cometí un error y asumo la responsabilidad”, pero lo más probable es que intente ignorar este tipo de situaciones y cambiar de tema. Expresar su estado, pero sin hacerlo en palabras explícitas. Para él, designar directamente su estado equivale a reconocer su debilidad, incompetencia e incapacidad para actuar con decisión.
Elaboración de arquetipos privados. En la segunda etapa de elaboración del arquetipo universal comienza el proceso de elaboración de sus componentes, los arquetipos privados. Consideramos tres niveles principales de elaboración del arquetipo privado: bárbaro, aficionado y profesional. En el nivel bárbaro, la persona no es consciente del arquetipo ni posee la modalidad correspondiente. Se deja llevar por el estado de ánimo y, enmarcado en ese estado, se percibe a sí mismo sin capacidad alguna para luchar contra él. En el nivel aficionado, la persona ya es consciente de la modalidad de su arquetipo, la rastrea hasta cierto punto y actúa teniendo en cuenta su manifestación en sí misma, en los demás y en la situación en general. Sin embargo, aún puede cambiar muy poco esa modalidad, aunque ajusta su conducta según ella. En el nivel profesional, la persona percibe muchas submodalidades dentro de las modalidades de este arquetipo, sabe modificarlas según su necesidad y puede, hasta cierto punto, transformar la modalidad de este arquetipo privado en la de uno afín. En su conducta y percepción, logra gestionar el cambio de modalidades que emplean las personas a su alrededor y que surgen en las situaciones circundantes. En la segunda etapa de elaboración del arquetipo universal, la persona suele destacar y acentuar uno de sus arquetipos privados componentes, que se convierte en su favorito y al que otorga preferencia constante, y generalmente lo elabora hasta el nivel aficionado; los demás arquetipos privados suelen permanecer en el nivel bárbaro de elaboración, pero esto no le preocupa. Por ejemplo, en el caso de que el arquetipo favorito sea el yin, la persona prestará gran atención a lo que ocurre a su alrededor, intentará percibirlo de manera plena y profunda, rastreará sus estados, valorará cualidades como plasticidad, receptividad y docilidad, pero tendrá una actitud bastante negativa hacia la mayoría de las manifestaciones expresas del inicio yang, considerándolo grosero en su forma pura. Desde su perspectiva, el inicio yang es necesario en algunos casos, pero debe ser ennoblecido en gran medida por el yin.
Etapa 3. Competencia. En esta etapa, la persona comprende que sin dominar todos los arquetipos privados dentro del universal no podrá avanzar, y lleva a cabo el trabajo de diagnóstico diferencial inicial hasta su fin. Ahora domina, hasta cierto punto de manera intuitiva y hasta cierto punto consciente, un sistema de señales que le permite determinar el arquetipo dominante en una situación dada, y entiende la necesidad de una conducta complementaria, en particular el uso de aquellos arquetipos cuyas modalidades le resultan más difíciles de dominar en situaciones donde el entorno lo exige. En esta etapa, la activación de los arquetipos se asemeja a la activación de semáforos que regulan el intenso flujo de tráfico urbano.Él comprende que, si sigue con atención las indicaciones de los semáforos y actúa de manera complementaria —es decir, avanzando con luz verde y frenando con la roja—, al menos no sufrirá una catástrofe grave, pero los propios semáforos siguen siendo incontrolables para él: se ve obligado a someterse a ellos como si fueran una dictadura. Sin embargo, aún conserva su arqueotipo favorito y más desarrollado, en cuya modalidad ya aparecen submodalidades que varían (aunque por ahora en pequeña cantidad, pero con agrado). En cuanto a los demás arqueotipos privados, menos queridos, al menos reconoce que en otras personas pueden ser dominantes y estar muy elaborados, como si les fueran innatos, y ya no los juzga con el negativismo característico de la segunda etapa.
Consideremos, por ejemplo, el arqueotipo dialéctico en su tercera etapa de elaboración. Una persona cuyo arqueotipo favorito de los tres posibles es el de realización ama y comprende el trabajo responsable como tal, así como las situaciones en las que el individuo se halla en equilibrio con el entorno, es decir, toma de él tanto como devuelve. Tal persona puede admitir que existen (a veces se encuentran) otros para quienes el arqueotipo principal de la vida es la fase de creación, cuando es necesario tomar adelantos del medio ambiente sin pensar en cuándo habrá que pagar por ellos. (En la segunda etapa de elaboración del arqueotipo dialéctico, este tipo de actitud ante la vida le provocaría a nuestro personaje una fuerte irritación o una negación total).
Esto significa que, al enfrentarse a una situación de creación, nuestro personaje podrá cambiar psicológicamente y aliviar al menos parte de la carga de responsabilidad propia de la modalidad de realización, relajarse un poco y sentirse, al menos, en el arqueotipo de creación. (En la segunda etapa de elaboración del arqueotipo dialéctico, esto le sería del todo imposible). En la tercera etapa se elabora cada uno de los arqueotipos privados dentro del universal. Por regla general, todos alcanzan un nivel amateur, mientras que el principal, el más amado por la persona, ya transita al nivel profesional: en su modalidad, el individuo distingue diversas submodalidades y aprende a regularlas según sus necesidades e intenciones. Ahora observa con mayor sutileza la complementariedad de su conducta y distingue la conducta no complementaria en los demás, especialmente al utilizar la modalidad del arqueotipo que más han elaborado.
Resulta interesante que la aceptación de los arqueotipos menos queridos por parte de la persona suele darse mediante una internalización gradual. Esto significa que, al principio, reconoce la posibilidad de que otros utilicen la modalidad que a él no le gusta y no domina: “A ellos les está permitido, a mí no”. Con el tiempo, comienza a emplear esa modalidad él mismo, pero como si lo hiciera bajo presión de las circunstancias y solo en su conducta externa, intentando que, en su interior —en su mundo interno—, sea reemplazada por otra que sí domine y le guste. Y, por último, en última instancia, llega la etapa de aceptación interna de las modalidades no queridas. En muchos casos, para elaborar las modalidades “rezagadas” es útil hacerlo en modo lúdico. Por ejemplo, una persona que no está inclinada a dar órdenes directas ni a afirmar abiertamente sus intenciones y voluntad lo hará con mayor facilidad asumiendo el papel de un déspota rey de un cuento.
Así pues, para la tercera etapa de elaboración del arqueotipo universal es característico que la persona reconozca todos sus arqueotipos privados y muestre habilidades iniciales de conducta y percepción complementarias. Sin embargo, la inclusión de los arqueotipos, tanto en el mundo externo como en el interno, aún le resulta casi impredecible y del todo incontrolable.
Etapa 4. Cooperación.
En la cuarta etapa, la persona ya elabora todos los arqueotipos privados hasta un nivel amateur, y algunos hasta profesional, y descubre que, con esfuerzo de voluntad, puede modificar no solo la submodalidad dentro de ese arqueotipo privado, sino también activar en lugar de uno otro arqueotipo privado, es decir, cambiar de modalidades. Al hacerlo, advierte que, tanto en su inconsciente como en el mundo externo, entre los distintos arqueotipos privados se libra algo parecido a una guerra. La primera impresión es que entre ellos existe antagonismo e irreconciliabilidad total. Esto significa que cada uno intenta ocupar una posición determinada y ni siquiera se desactiva al cambiar la situación. Podría llamarse inercia psíquica: una vez acostumbrada a usar cierta modalidad, a la persona le cuesta cambiarla rápidamente por otra, pero esta inercia resulta ser mucho mayor de lo que se podría suponer a priori.
En otras palabras, una persona que comprende que en determinada situación debería cambiar de una modalidad yin a una yang y sabe hacerlo en principio, se topa con una resistencia sistemática de fuerza sorprendente, cuya naturaleza le resulta del todo incomprensible, como si el arqueotipo le dijera desde dentro: “O me sirves tú a mí o yo te sirvo a ti, y da miedo”. Así pues, la primera fase de las relaciones entre los distintos arqueotipos privados dentro del universal es la fijación o la irreconciliabilidad absoluta. Como si el arqueotipo dijera: “O yo o nadie”. Esta fase también se da en la segunda etapa de elaboración del arqueotipo universal.
La segunda fase consiste en los celos y la rivalidad entre los arqueotipos privados concretos. Es un nivel más alto de elaboración de las relaciones, pues tanto los celos como la rivalidad implican la activación simultánea, aunque conflictiva, de los arqueotipos privados, algo que no ocurre en la primera fase: allí se activa un solo arqueotipo, y todas las demás modalidades simplemente se desactivan; aquí, en cambio, entran en consideración, pero compiten o rivalizan entre sí.
Esto se manifiesta, por ejemplo, en que la persona no logra mantener la modalidad que necesita y espontáneamente cambia a la modalidad del arqueotipo rival, pero tampoco puede sostenerse en ella mucho tiempo y vuelve a cambiar. Surge algo así como un péndulo, ninguna de cuyas posiciones satisface a la persona, y el modo de oscilación es forzado. Este tipo de conducta es típico de padres conscientes que intentan educar a sus hijos con bondad y amor, pero carecen de la paciencia y la fuerza moral necesarias para contener el caos infantil y su negativismo. Entonces, la educación se convierte en lo que se denomina la política del “azote y la zanahoria”, en la que ambos elementos se combinan de un modo que, en principio, no satisface a los padres, pero no se les ocurre nada mejor.
En este caso, la modalidad yin consiste en crear condiciones que induzcan indirectamente a los niños a comportarse correctamente y desarrollarse, mientras que la modalidad yang radica en imponer la voluntad directa de los padres mediante presiones y, en caso de desobediencia, amenazas y castigos. Esta fase es propia de la tercera etapa de elaboración del arqueotipo universal.
La tercera fase de elaboración de las relaciones entre los arqueotipos privados puede caracterizarse como de ajuste: la persona ya sabe manipular con destreza las modalidades correspondientes, de modo que se activan según sus necesidades y no compiten, sino que más bien colaboran entre sí. No debe pensarse que esto ocurre en la persona sin esfuerzo alguno, como si fuera algo natural (aunque a primera vista así lo parezca). En realidad, tras esta naturalidad subyace un gran trabajo de ajuste preciso de la secuencia de modalidades utilizadas y el cumplimiento estricto de reglas totalmente definidas para ese ajuste. Estas reglas la persona suele descubrirlas por sí misma al alcanzar el nivel profesional en la elaboración de los arqueotipos privados, y entonces comprende su importancia.
En la cuarta fase de elaboración de las relaciones entre los arqueotipos privados se logra su combinación en distintos niveles —como muñecas matrioshkas—, cuando, por ejemplo, la persona pronuncia una frase cuyo sentido corresponde a una modalidad, pero la entonación y la expresión facial corresponden a otra. Tales combinaciones de modalidades en distintos niveles ocurren al principio de manera espontánea, y solo mediante un esfuerzo prolongado la persona logra hacerlas conscientes como herramienta de su conducta. Por ejemplo, superponer un tono yin sobre una modalidad yang se denomina a veces “mano de hierro en guante de terciopelo”, un recurso muy efectivo para quienes lo emplean con conciencia.En esta fase de las relaciones entre los arquetipos privados no solo cesa por completo el antagonismo entre ellos, sino que el nivel de complementariedad en las interacciones resulta ser mucho más elevado de lo que la persona podría haber imaginado posible. En la cuarta etapa del procesamiento del arquetipo universal en el ser humano, se produce un ascenso en las relaciones entre sus arquetipos privados hasta alcanzar la tercera, y luego la cuarta fase, lo que da lugar al desarrollo de un fino sentido del humor, vinculado a la intuición y comprensión del juego de las modalidades, a su superposición mutua y al arte de la sutil manipulación. Pero no de manera directa —lo que suele percibirse como grosería—, sino incluyendo la modalidad deseada como un sobretono, es decir, como una “matrioshka” interna de segundo o tercer nivel.
Fase 5. Síntesis.
Parecería que no puede existir nada por encima de la cuarta fase, sin embargo no es así. Cualquier aprendizaje implica la internalización de una habilidad en el inconsciente, y cuando la persona ha dominado por completo la habilidad de trabajar con las “matrioshkas” de modalidades de múltiples niveles, puede dejar de pensar en la modalidad correspondiente a dicho arquetipo universal. Surge en él, de manera natural, su síntesis, es decir, su aplicación: cuando, al parecer, modalidades contradictorias e incompatibles entre sí se utilizan de forma simultánea, cada una con su propia acentuación y en su propio nivel de profundidad, sin contradecirse en absoluto, sino creando un patrón único, emocional y muy significativo, personalizado.
Esta cualidad es propia de los grandes poemas y de los líderes carismáticos. A primera vista, la quinta fase recuerda a la primera, pero en realidad se diferencia de ella de manera fundamental, del mismo modo que una solución difiere de una mezcla caótica de partículas. Si en la fase de caos primario los arquetipos privados pueden asemejarse a una multitud impulsada por instintos confusos y desgarrada por contradicciones —como, por ejemplo, una banda de ladrones—, en la quinta fase encontramos un colectivo unificado que ha recorrido un largo camino de desarrollo, vinculado por conexiones visibles e invisibles, y capaz de actuar.
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El conocimiento del arquetipo
Para comprender y estudiar a fondo un arquetipo, es necesario realizar un gran esfuerzo. Su formulación abstracta y filosófica suele ser extremadamente sencilla. Incluso un niño de cinco años podría entenderla; sin embargo, en la vida, el arquetipo siempre se manifiesta de manera indirecta, y hay que aprender a reconocer su “letra”. La modalidad correspondiente también puede revelarse de formas muy diversas según las circunstancias concretas, por lo que, para aprender a reconocer el arquetipo, es preciso examinar en detalle sus manifestaciones en un amplio espectro de ámbitos de la vida externa e interna. Solo entonces surge en la persona un conocimiento intuitivo claro del arquetipo y se hacen visibles sus matices, incluidas sus inclusiones sutiles e indirectas, por ejemplo, en forma de submodalidades de otros arquetipos.
¿Qué se necesita, entonces, para dominar un arquetipo, entenderlo y sentir la modalidad que le es propia? Ante todo, conviene reflexionar sobre las situaciones características de una activación intensa de dicho arquetipo. ¿Cuáles son? ¿Qué situaciones, por el contrario, son aquellas en las que este arquetipo está completamente ausente, es decir, desactivado? ¿Cuáles son los signos de su activación y, a la inversa, de su desactivación? ¿Cuáles son sus niveles de procesamiento, es decir, en qué niveles puede activarse y actuar este arquetipo?
Y, por último, el tema más importante durante el análisis del arquetipo: sus manifestaciones en la persona. ¿Cómo actúa la activación del arquetipo en el ser humano, en su mundo interior, en su autoexpresión, en su actividad externa, en su percepción? Según cuán completa y detallada sea la consideración que hagamos de la vida de una persona, según cómo nos la imaginemos, así de completo será nuestro conocimiento de este arquetipo.
Es importante entender, además, que en cada momento al menos uno de los arquetipos privados que componen este arquetipo universal está presente en la psique humana y, de algún modo, tiñe su vida. Y pase lo que pase con la persona, hay que ser capaz de responder a la pregunta: ¿qué arquetipo privado de esta familia universal está activo ahora? Si esta pregunta nunca os deja sin respuesta, significa que habéis penetrado profundamente en el carácter de este arquetipo universal y lo habéis sentido en profundidad. Si, por el contrario, tenéis dudas al respecto, ahí reside un campo para profundizar y ampliar vuestra comprensión de este arquetipo.
Por lo tanto, sea cual sea el ámbito de la vida interna o externa de la persona al que nos refiramos, en todas partes encontraremos huellas de unos u otros arquetipos privados. Solo hay que aprender a mirar no tanto la esencia del fenómeno o proceso, sino su cualidad, sus características arquetípicas. El arquetipo se manifiesta en los ámbitos más abstractos y sutiles de la psique humana, en lo que se denomina cosmovisión, sensación del mundo y autoconciencia.
Por otro lado, cabe suponer que, a cada arquetipo superior, le corresponde su propia forma particular de percepción del mundo, sensación del mundo y autoconciencia humana. Esto significa que, para cada arquetipo superior, existe un programa de fondo del inconsciente que lo sirve personalmente e influye de manera significativa en todos los procesos, tanto conscientes como inconscientes, sin excepción. Esta última hipótesis requiere una investigación empírica, y el autor espera que en el futuro se lleve a cabo con todo el detalle y rigor posibles.
Las descripciones de los arquetipos en las siguientes partes del libro han sido elaboradas por el autor de manera que no solo proporcionen una idea teórica sobre ellos y sus modalidades, sino que también sirvan como una guía práctica. Esto significa que, tras seguir estas descripciones, el lector podrá autoevaluarse y entender qué arquetipos ha desarrollado mejor y cuáles peor, cuáles desempeñan un papel más destacado y cuáles pasan más desapercibidos en su vida. Además, podrá proponer estas descripciones a sus amigos como un cuestionario y, de este modo, obtener una idea de cómo se percibe desde fuera, desde la perspectiva de los arquetipos que utiliza.
Donde la diferencia entre la autoevaluación y la valoración de los demás sea significativa, probablemente se encuentren las raíces del autoengaño y de diversos problemas psicológicos de la persona. Además, y no en último lugar, el objetivo del autor era fomentar la comprensión mutua entre las personas, mostrar al lector que otra persona se comporta de manera incomprensible, inescrutable o irritante no porque sea malintencionada, sino porque está bajo la influencia de un arquetipo determinado, propio de su psicotipo, y así debe ser percibida: como una persona que necesita ser comprendida, con sus modalidades y con la sutil corrección de las submodalidades dentro de los límites de las modalidades adecuadas y propias de su naturaleza.
Si, como resultado de la lectura de este libro, el lector llega a comprenderse mejor a sí mismo y a las personas que lo rodean, entonces se habrá alcanzado el objetivo principal que el autor se propuso.



