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ВÍS CEROS ARQUETIPOS: EXPERIENCIA DE INVESTIGACIóN PSICOLóGICA :: 4. Parte 3 – ARQUETIPO DIALéCTICO Parte 2

En este nivel llega la comprensión de que en la fase de realización, en principio, no se completa el trabajo del objeto, y en la fase de disolución no solo se termina lo que quedó pendiente en la fase de creación, sino que además se lleva a cabo un trabajo autónomo relacionado con los matices de la vida del objeto, que ahora se hacen visibles y comprensibles, y solo ahora llega el momento de procesarlos y realizarlos, completando el programa kármico del objeto. En otras palabras, la persona en un nivel amateur se convierte en un entusiasta de su labor, creyendo que en la fase de disolución —la más esotérica, sutil y delicada— es donde se realiza el trabajo. Que este trabajo suele ser “sucio” no la perturba. Además, aquí ocurre una expansión significativa de la conciencia. Si en la fase de creación la conciencia se centra principalmente en el objeto y en los beneficios que recibe de todos lados, y en la fase de realización incluye al objeto, su función y su interacción con el entorno dentro de los límites de esa función, en la fase de disolución la mirada se amplía tanto hacia el objeto como hacia el entorno de manera mucho más amplia. Incluye, en primer lugar, las tres fases de la vida del objeto, y en segundo lugar, la percepción del objeto por parte del entorno ya no en un plano meramente utilitario, como el simple consumo de los resultados de su actividad, sino en un nivel menos pragmático.

Esta idea puede ilustrarse de la siguiente manera: cuando el lobo persigue al ciervo, en su conciencia el ciervo se presenta como tal, y su objetivo es claro y unívoco: alcanzarlo y matarlo. Pero cuando el ciervo, ya convertido en carroña, es arrastrado con éxito a la madriguera y el lobo, saciado, observa cómo sus crías satisfacen su apetito con la carne del ciervo, los pensamientos del lobo se vuelven mucho más amplios, adquieren un carácter filosófico, y puede reflexionar, por ejemplo, sobre el papel del ciervo en el bosque, en los árboles y en los territorios adyacentes.

El nivel profesional de elaboración del arquetipo de disolución da como resultado a una persona que domina bien su oficio. Así, en la novela de V. Nabokov *Invitación a una decapitación*, el verdugo futuro del condenado entabla una amistad con él y, entre risas, palpa su cuello para precisar su anatomía y así asestar el golpe decisivo de la manera más óptima. Un ejemplo menos dramático es el trabajo del cocinero, que prepara un plato acercándolo al máximo a la fase de disolución en la boca y el estómago de los comensales, los apreciadores de su arte. Sin embargo, el propio cocinero, naturalmente, trabaja bajo el arquetipo de realización, como cualquier otro profesional, pero la sombra del arquetipo de disolución, o la submodalidad de este arquetipo, sin duda está presente en su labor. La comida debe ser comestible, es decir, estar lista para disolverse en el entorno orgánico del cuerpo.

En el nivel profesional de la fase de disolución trabajan los cirujanos, que extirpan con precisión lo que en el organismo humano es superfluo; los dentistas, que limpian los dientes del sarro y tratan las caries; los médicos naturistas, que se dedican a la limpieza del intestino, la sangre, la linfa, el hígado, la vesícula biliar, etc. Sin embargo, la precisión y la ecología ambiental de la fase de disolución no son la principal ni la única señal de profesionalismo. Probablemente, lo que más distingue al nivel profesional de la fase de disolución es una profunda comprensión y atención predominante hacia la ética de lo que ocurre. La ética de la fase de disolución difiere radicalmente de la ética de la fase de realización y de la ética de la fase de creación, pero no solo en esto reside la diferencia. Lo importante es que en la fase de disolución la ética adquiere un valor predominante, como si se elevara por encima de la vida del objeto. Puede decirse que, al menos así lo parece a la persona en la fase de disolución, es por la formación de los resultados de la vida que esta fase transcurre. Los resultados de la vida no son su contenido inmediato, que preocupaba a la persona en la fase de realización. Lo que interesa a la persona en la fase de disolución son las conclusiones morales, una comprensión más sutil de la vida del objeto y, en general, de la vida como tal.

El sentido de la vida y la existencia no solo del objeto, sino también de los similares a él, el sentido de la propia existencia, la superación de los límites del mundo condicionado y la comprensión de la ley superior del ser —estos son los frutos que trae consigo la fase de disolución, y para la persona que la domina profesionalmente, esta fase no solo le parece una parte inevitable y necesaria de la existencia, sino también la más interesante. La muerte no solo finaliza la vida, piensa él, sino que además tiñe la vida con una luz especial, confiriéndole un profundo significado que solo se manifiesta y se vuelve visible en la fase de disolución.

En el nivel profesional de la fase de disolución, la persona adquiere sabiduría —una cualidad que surge precisamente en esta fase y que, hasta cierto punto, se opone a la razón característica de la fase de realización. El profesionalismo de la fase de disolución es el delicado aroma de la putrefacción fermentada, la estética de la descomposición y el decadentismo.

PROCESAMIENTO DEL ARQUETIPO DIALÉCTICO

El tema del procesamiento del arquetipo universal es el tema de las relaciones entre sus componentes arquetípicos privados y la interacción de sus modalidades. El nivel de conciencia de estas modalidades, la capacidad de percibirlas, sentirlas y escucharlas en uno mismo y en el mundo circundante, así como de manejarlas, determina el nivel de armonía con uno mismo, la efectividad en los proyectos externos e internos.

Etapa 1. Caos primario.

En esta etapa, la persona no reflexiona en absoluto sobre las modalidades temporales y finge que no las distingue. Al menos en su discurso y en su comportamiento, estas modalidades están mezcladas de manera caótica e inesperada; sin embargo, no presta atención a esto. Al percibir a otras personas y situaciones, tampoco advierte cuál es la modalidad temporal principal (dominante) en ellas y, con frecuencia, cae en problemas o introduce un caos inusual en la situación, que puede resultar difícil de resolver. Su comportamiento suele ser no complementario, es decir, no sabe apoyar las modalidades que le propone la situación o su interlocutor, e interrumpe con las suyas propias. Además, se interrumpe a sí mismo sin notar la ilógica y la incoherencia de su conducta. Empezar por la salud y terminar por el reposo eterno es su recurso favorito; sin embargo, inconscientemente domina muchas otras, mezclando las modalidades de la manera más absurda.

Un nuevo empleado llega a trabajar. “Preocúpate de antemano por cómo te despedirás de aquí”, le dice nuestro personaje con tono enigmático, arruinando el ánimo de la persona y haciéndolo cauteloso en una situación en la que no es necesario. A un anciano, a punto de morir, le dará una larga charla sobre cómo debería haberse comportado en su juventud para no encontrarse en su actual situación. A una persona inmersa en un trabajo serio y responsable le aconsejará que lo abandone por completo, pues no hay esperanza, o que reconstruya por completo su actitud hacia él, aprendiendo un nuevo enfoque creativo.

Una madre que intenta convencer a su hijo de cinco años de que se coma la ensalada de verduras en lugar del sándwich de queso favorito, argumentando con riqueza de vitaminas y las particularidades de la fisiología de la digestión nocturna, se encuentra en la primera etapa del procesamiento del arquetipo dialéctico: el niño espera de ella una revelación en la modalidad de creación, pero ella pronuncia un texto que claramente pertenece a la modalidad de realización, y además incomprensible para él.

Para la primera etapa es característico el autointerrumpimiento: la persona cambia espontáneamente la modalidad de su comportamiento o discurso sin notar que estos cambios no están motivados ni por la situación ni por sus propias palabras anteriores, interrumpiendo bruscamente, de manera grosera y rígida, su conducta, lo que dificulta enormemente tanto su desarrollo como el de la situación y a quienes la perciben. En realidad, es bastante difícil tratar con esta persona, pero en nuestra cultura a veces es imposible reprocharle algo. Lo máximo que puede escuchar es: “Oye, ¡comportate de otra manera!”. Y cómo exactamente no está bien, el interlocutor generalmente no puede explicarlo.

Por ejemplo, al exponer un mismo tema, esta persona puede cambiar de manera absolutamente inmotivada el tono de su relato, saltando de la modalidad de réquiem y desesperanza total a la modalidad de expectativa de un futuro luminoso y nuevas fuentes inesperadas de apoyo, para luego pasar a la modalidad que presupone la existencia de un funcionamiento ya listo y eficiente, destruyendo instantáneamente este mecanismo y llegando a conclusiones sobre la futilidad de su existencia.Todo esto produce en el oyente, a veces, una impresión aturdidora, como si no quisiera resumirse únicamente a nivel de comprensión mental. “Entonces, ¿qué es lo que pretenden? ¿A dónde vamos? ¿Qué tenemos y qué planeamos? ¿A qué metas aspiramos y qué conclusiones sacaremos de todo esto?” El protagonista no tiene respuestas a ninguna de estas preguntas, ni siquiera considera que deban existir, pero actúa como si las tres fases temporales ya estuvieran guardadas en su bolsillo y, con la destreza de un mago, extrae una u otra según su conveniencia, sin importarle cómo se generan ni cómo se entrelazan.

Un ejemplo típico de comportamiento en la primera etapa de elaboración del arquetipo dialéctico lo ofrece la actitud de un periodista enérgico hasta la temeridad que entrevista a una celebridad. En la modalidad de creación, se centra en presentar al héroe del programa, narrar o mostrar al televidente nuevos aspectos de la vida y la actividad de la celebridad. En la fase de realización, formula preguntas serias sobre su trabajo. En la fase de disolución, incluye sus valoraciones sobre la vida vivida, episodios concretos de su existencia, así como opiniones sobre otras personas y profesionales. Sin permitir que la celebridad concluya su respuesta en una u otra modalidad, el periodista la interrumpe y, de acuerdo con su plan de entrevista, plantea preguntas en otra modalidad, luego en una tercera, y nuevamente en la primera, lo que provoca que la entrevistada parpadee confundida, se irrite ligeramente y todo lo que ocurre le recuerde una actuación en el circo. La misma impresión perciben los televidentes.

Etapa 2. Identificación.
En esta fase, la persona comienza a tomar conciencia de que existen tres fases temporales: creación, realización y disolución. Naturalmente, las nombra con sus propias palabras y elige una modalidad favorita, que consciente o inconscientemente intenta aplicar en todos los aspectos de su vida. Las demás modalidades las trata con escepticismo y, sin importar en cuál se exprese su interlocutor, suele responder desde su modalidad preferida. En este proceso, en algunos casos, toma conciencia de su propia inercia y falta de complementariedad, pero atribuye la culpa a los demás y no a sí mismo.

En otras palabras, esta persona comprende que hay circunstancias, por ejemplo, en las que la crítica es inapropiada; es decir, percibe la fase de creación como un estado especial de la psique o la naturaleza, en el que se puede recolectar sin dar, acumular sin gastar y simplemente jugar sin asumir responsabilidad por ello. Sin embargo, si esta modalidad no es su favorita, la considerará, en primer lugar, pasajera, en segundo lugar, poco seria y, en tercer lugar, destinada exclusivamente a la siguiente fase: la de realización, si está fijado en ella. Si, por el contrario, está fijado en la fase

disolución, la entenderá como la fase de creación y la de realización como preparatorias para la más importante, interesante y significativa fase de disolución, y desde su perspectiva observará todo lo que ocurre, a veces siendo consciente de su propia inadecuación, pero sin considerarla un pecado grave. Para esta fase es característico un trato indulgente o desdeñoso hacia las fases distintas a la suya, aunque sus valoraciones variarán según desde qué fase observe las demás. Por ejemplo, la fase de creación le parecerá absolutamente poco convincente y efímera tanto desde la perspectiva de la fase de realización como desde la de disolución, pero sus críticas serán completamente distintas. En su ligereza, ambas fases reprocharán a la de creación, pero si la fase de realización le reprochará su irresponsabilidad, su actitud excesivamente frívola hacia los bienes de los que disfruta y hacia las obligaciones que asume, la fase de disolución reprochará a la creación en sí misma por no tener un fin.

Desde la perspectiva de la fase de creación, la fase de realización le parecerá demasiado seria, aburrida y limitada en su percepción de la realidad. “Hay que ser más ligero”, piensa la fase de creación. La fase de disolución también considera que la fase de realización es limitada en su percepción, pero en otro aspecto: no piensa en los matices, en la finalización de sus propios programas, y eso es lo único que le importa y le interesa.

En general, al hablar de las relaciones entre los arquetipos, se puede decir que para la segunda etapa es característico que la persona se fije en una de las fases e ignore las demás, incluso a costa de la incomplementariedad de su comportamiento, de la mala comprensión con otras personas y de la inadecuación en muchas situaciones. Sin embargo, la modalidad favorita la siente como propia, y el resto como ajena, y con esto queda todo dicho.

Etapa 3. Competencia.

En esta etapa, la persona domina las tres fases del tiempo: unas un poco mejor, otras un poco peor, pero en principio las percibe todas y, si es necesario, puede utilizar y percibir cada una de ellas. Sin embargo, su uso real de estas fases está mal regulado, es decir, aunque considere necesario y deseable utilizar una fase determinada, al poco tiempo se distrae y pasa a otra, y en general puede tener la impresión de que en su subconsciente hay una clara rivalidad entre las modalidades del tiempo y ciertas fuerzas de su psique que luchan entre sí en una batalla incomprensible que transcurre en las profundidades de su mente.

En esta fase se puede decir que a las diferentes modalidades del tiempo corresponden distintos aspectos de la cosmovisión, distintos sistemas éticos, distintos modelos de comportamiento. Pero la persona aún no loусвідомлює, aunque recibe constantemente indicios de tal estado de cosas. Por ejemplo, en la modalidad de creación puede ser extremadamente pesimista y de actitud negativa. Al mismo tiempo, al pasar a la modalidad de realización, se recoge, actúa con optimismo, le surgen fuerzas de manera inexplicable y ejecuta el trabajo con éxito. De tales personas se dice el conocido refrán: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Esa misma persona puede tratar con superficialidad y desdén general la fase de disolución, identificándola con la muerte, considerar que es mejor no pensar en la muerte ni en la destrucción, y en cuanto a la purificación, que debe ocurrir por sí misma. Su cosmovisión y sensación del mundo serán extremadamente importantes, será bastante amorfo y le costará mucho entender a las personas para quienes esta fase es la más importante en su vida. Le parecerá que ellos fingen o lo engañan deliberadamente, o que no se comprenden a sí mismos ni lo que desean de la vida, que no tienen formada una cosmovisión o algo similar.

Todas las situaciones en su vida estarán bastante claramente divididas en cuatro categorías: tres que corresponden a las modalidades de tiempo, y la cuarta, con modalidad de tiempo no definida. En situaciones del cuarto tipo se sentirá incómodo, experimentando una lucha difusa, hasta que uno de los arquetipos declare la situación como suya y la tiña con su color, estableciendo sus valores y prioridades, ajustando de manera correspondiente la sensación del mundo de la persona, involucrando su cosmovisión, pensamiento, etc. En este caso, el paso de una situación a otra, si están regidas por diferentes modalidades de tiempo, será doloroso para la persona; no sentirá la pertinencia ni la posibilidad de tales transiciones, y cuando ocurran, experimentará algo parecido a una transformación, es decir, dentro de él morirá una persona y nacerá otra, poco familiar para la primera y que se encuentra en muchos aspectos en otra posición.

Muchas personas han observado cambios instantáneos y completamente incomprensibles en el estado de ánimo (tanto en el propio como en el de los interlocutores) ante lo que parece un giro insignificante en el tema o la trama. Explicar estos cambios a veces es extremadamente difícil si no se tiene en cuenta el cambio de modalidades. Por el contrario, una observación atenta de las modalidades explica muchas cosas incomprensibles desde cualquier otro punto de vista.

Si la persona se encuentra en la tercera etapa de elaboración del arquetipo dialéctico y existe en su psique una competencia inconsciente entre modalidades de tiempo que aún no han encontrado su lugar definitivo, fácilmente puede convertirse en víctima de un manipulador experimentado que, con un método imperceptible para la persona, cambie su modalidad y, con ello, su percepción y sensación del mundo. Así, por ejemplo, hay personas extremadamente confiadas en la fase de creación, es decir, cuando se activa la modalidad de creación, la persona se convierte en un niño entusiasta que cree en todo lo que se le proponga. Puede ser extremadamente cauteloso y meticuloso en la fase de realización, pero si su compañero logra activar en él la fase de creación, su estado de ánimo cambia y se le puede implantar cualquier idea que él mismo llevará a cabo: con seriedad, profundidad y responsabilidad. Si, en cambio, se intenta proponerle una nueva idea o incluso una modesta variación de su trama vital cuando se encuentra psicológicamente bajo el influjo de la fase de realización, probablemente no surtirá efecto. Allí la persona está claramente enfocada en su trama, se encuentra dentro de un ritual estable que la aísla de cualquier interferencia.

Hay personas que son extremadamente flexibles y maleables si se activa en ellas la modalidad de disolución. Sobre ellas desciende una sensación de perdón universal, de permisividad hacia el mundo circundante; se rinden, y le dicen a su compañero algo como: “Bueno, me has hartado, ahora puedes hacer lo que quieras, todo lo que me pidas, te lo daré”. Si, en cambio, se comunica con esta persona en la modalidad de creación o realización, no hará concesión alguna ni mostrará flexibilidad.

Hay, por el contrario, personas flexibles precisamente en la fase de realización, es decir, si se trata con ellas en un proceso productivo con marcos establecidos, accederá con gusto a cualquier colaboración, a concesiones incómodas para sí mismo, cumplirá con el pedido, etc. Pero para él es importante que todo esto ocurra dentro de un marco de trama que funcione de manera constante y autónoma; si cae en la modalidad de creación o disolución, su flexibilidad puede desaparecer como por arte de magia.

Así cambian la orientación de la persona y las actitudes valorativas al cambiar de modalidad.

El lector puede reflexionar sobre este tema basándose en su propia experiencia vital y podrá convencerse por sí mismo de cuán justas son las observaciones y pensamientos del autor expuestos anteriormente.

Etapa 4. Cooperación.

En esta etapa, la persona aprende a percibir y utilizar algo tan sutil como el cambio de modalidades de tiempo. Esta capacidad a veces se denomina sentido del tiempo en este sentido. Se trata de que la persona tiene una sensación de cuándo debe hacer cada cosa. Por ejemplo, esta persona siente cuándo termina la fase de creación y comienza la de realización, cuándo termina la fase de disolución y comienza la de creación; sin embargo, las fases no siempre siguen el orden natural —creación, realización, disolución— pueden cambiar de manera arbitraria.

¿Qué significa esto, por ejemplo, en el comportamiento cotidiano? La persona que siente la actividad de uno de los arquetipos privados (creación, realización, disolución) sabe cuándo puede reemplazarlo por otro y cuándo, en ningún caso, debe hacerlo. Por ejemplo, en medio de la narración de su interlocutor sobre un tema que le interesa, cuando no solo ha planteado el tema, sino que además lo ha desarrollado, interrumpirlo y decir: “Bueno, ¿y a dónde quieres llegar?” o “¿Qué conclusión se desprende de esto?” —es decir, reemplazar bruscamente la fase de realización en su estado activo por la fase de disolución sería una gran falta de tacto—, aunque usted actúe con las mejores intenciones y quizá realmente sea hora de irse y, además, lo que le cuenta el interlocutor le interese enormemente. Por otro lado, cuando la fase de realización ya está terminando, en muchos casos será bastante adecuado reemplazarla ya sea por la fase de creación de una nueva trama o por la fase de disolución de la trama de la que se hablaba, y esta transición, si ocurre sin que la persona sea consciente de ello, lo toma por sorpresa: en realidad, ya está en la fase de disolución, pero su entusiasmo no le permite percibirlo y surge un comportamiento no complementario.

Tales efectos ocurren en la cuarta etapa, pero por lo general el cambio de modalidad sí llega a la conciencia de la persona, la percibe y ajusta su comportamiento en consecuencia. Así, un anfitrión que charla animadamente con un invitado, en un momento dado siente que al invitado ya le interesa poco lo que ocurre, que intenta cerrar la conversación animada, mira el reloj, tose con educación, lanza una mirada hacia la puerta. Este comportamiento le indica al anfitrión que la parte sustancial de la visita para el invitado, evidentemente, ha terminado y desea irse. Quizá el anfitrión no lo note de inmediato, quizá el tema de la conversación lo absorba enormemente, pero en la cuarta etapa, tras uno o dos indicios indirectos del invitado, llega a la conciencia del anfitrión el hecho de que la fase de realización ha cambiado a la fase de disolución, y él (quizá con el corazón encogido) acepta este hecho y traslada la conversación al terreno de un futuro encuentro, agradece por la interesante charla.

En general, cabe señalar que no todos los cambios se le dan a la persona por igual. En particular, le resultan difíciles los cambios desde la modalidad que le es más habitual y querida, pero además hay cambios que son psicológicamente más complejos, por ejemplo, de la fase de disolución a la de creación, de la fase de creación a la de disolución y de la fase de realización a la fase de disolución. En cada persona, al menos una de estas transiciones es psicológicamente difícil e incómoda. La razón de esto es una pregunta compleja, pero si la persona logra dominar al menos en algún material esta transición, esto se refleja también en tales cambios en todas las demás situaciones y tramas vitales.

En la cuarta etapa, la persona suele dominar las submodalidades no más allá de esta modalidad. Esto significa que comienza a diferenciar cada una de las tres modalidades de tiempo y, dentro de ellas, percibe diferentes matices que se refieren a las otras modalidades.Por ejemplo, al hablar del aprendizaje, podemos decir que, en general, este se desarrolla en la modalidad de creación. Muchas personas, por ejemplo, creen que no son capaces de aprender un idioma extranjero, conducir un automóvil o cocinar. En tales casos, les ayuda el siguiente enfoque psicológico: “Tú, tal como eres, sin duda no puedes aprender inglés, pero puedes convertirte en otra persona que sí lo sepa”. Este enfoque precisamente significa una inclusión seria y profunda del arquetipo de creación. Sin embargo, el aprendizaje puede dividirse en tres fases principales, que corresponden a las tres modalidades temporales básicas. La primera fase es la de disolución. Consiste en que la persona descubre ciertos bloqueos, ciertas imperfecciones propias, obstáculos que le impiden asimilar el material, o bien identifica un vacío en el lugar del futuro conocimiento y se plantea la tarea de borrar esa mancha. En otras palabras, descubre una incapacidad que debe ser destruida y superada por una nueva habilidad.

Lo dicho anteriormente puede parecer al lector algo extravagante, pero cualquier docente, cualquier propagandista sabe perfectamente que, al inicio de una exposición, para captar la atención del público, es necesario plantear un problema cuya solución sea incierta, es decir, hay que organizar un obstáculo que deba ser superado y destruido. La siguiente fase del aprendizaje corresponde a la modalidad de ejecución: aquí tiene lugar el proceso de asimilación del nuevo material y una especie de trabajo con él; trabajo que, naturalmente, se realiza en modo lúdico, como lo exige la modalidad principal del aprendizaje, es decir, la modalidad de creación, aunque la submodalidad aquí sea la de ejecución. Y, por último, la tercera fase del aprendizaje consiste en que la persona, ya habiendo asimilado el material, junto con él se adentra en el mundo bajo la supervisión remota del docente para probarse, para demostrar sus habilidades en la realidad externa. Así, el estudiante se convierte en un joven especialista. Ahora, el antiguo alumno se presenta al mundo con una nueva habilidad, y el mundo se le revela de manera completamente distinta. Ahora, la habilidad adquirida le permite a la persona obtener casi gratuitamente nuevos frutos y resultados de su aprendizaje; a su alrededor escucha exclamaciones de admiración, situaciones que antes le eran inaccesibles se abren ante él y la nueva vida lo envuelve en sus brazos gozosos; aquí hay una submodalidad de creación.

De manera similar, en las fases de ejecución y de disolución también pueden distinguirse tres submodalidades, y así obtener una visión más diferenciada de la modalidad de lo que ocurre. Tales divisiones, en algunos casos, son extremadamente útiles, ya que permiten entender con mucha mayor precisión al interlocutor. Incluso si una persona se encuentra dentro de los límites de una misma fase, es decir, si la modalidad temporal está coordinada entre ellos, esto no significa que las submodalidades también lo estén. Estas últimas, como el lector comprende, desempeñan un papel muy importante.

Por ejemplo, al querer aclarar y limpiar una relación, una persona puede presentar una reclamación a su pareja. Para él, esto no es más que el detonante, el inicio de una conversación seria en el futuro. Puede tratarse de una reclamación absolutamente concreta que surge inesperadamente en la conversación y que, para él, tiene un sonido en la modalidad de disolución-creación, es decir, el contenido principal es la limpieza, la disolución, y la submodalidad es el inicio de esa limpieza. Su pareja, presintiendo esa conversación seria y sin tener ningún deseo de llevarla a cabo, puede, como suele decirse, frenar la situación, es decir, decir: “Sí, tienes razón, soy muy culpable contigo, perdóname”, y así poner punto final, definiendo la modalidad de su reacción como disolución-disolución, es decir, disolución-disolución, disolución-disolución. La persona se encuentra en una situación complicada: por un lado, la respuesta es absolutamente complementaria desde el punto de vista social, pues no le contradijeron, sino que estuvieron de acuerdo con ella; pero, por otro lado, él pretendía tocar un punto sensible de su pareja, hablar con él de un tema mucho más serio y amplio, y este último, con astucia,тих же palabras ya de algún modo resultan incómodas, pues se le hizo entender claramente que la culpa ha sido aceptada, comprendida e incluso, en esencia, redimida. Al lector se le propone, como ejercicio, considerar tres modalidades del concepto de purificación: a) la purificación que ocurre en la fase de creación del objeto, es decir, un proceso que transcurre en la modalidad creación-disolución; b) la purificación que se da en la fase de realización, es decir, en la modalidad realización-disolución; y c) la purificación del objeto en el proceso de su disolución, es decir, en la modalidad disolución-disolución. El autor, de este modo, impone al lector la idea de que la purificación no se refiere a una modalidad, sino a una submodalidad. ¿Está el lector de acuerdo con este planteamiento? Si no lo está, que reflexione sobre su propia variante de interpretación del concepto de purificación.

El género de memorias, por ejemplo, en general se halla en la modalidad disolución. Es algo que fue y pasó, y ahora solo tiene un valor relativo; lo principal es la reflexión y las conclusiones extraídas de lo que alguna vez ocurrió. Un cierto halo de la fase de disolución siempre flota sobre los recuerdos, tiñéndolos de tonos suavizados, atenuando la agudeza de los conflictos pasados y iluminándolos con la luz de la sabiduría y la profunda comprensión. Sin embargo, dentro de esta modalidad general pueden resonar las tres fases del tiempo como submodalidades. La persona puede recordar el tiempo en que estaba en la fase activa de creación, cuando desde todos lados le llovían dones vitales, anticipos y propuestas.

“Hubo días así, cuando yo era joven,
mis ojos miraban al cielo azul,
aún no había gastado mi primer oro,
brillaban las estrellas, orgullosas de sí mismas.
Aún mi paso no me resultaba ridículo,
las suelas de mis zapatos no se habían despegado,
desde cada ventana de donde se escuchaba música,
se me abrían tales oportunidades.”

(Булат Окуджава)

En la modalidad disolución-creación están escritos muchos memorables sobre la Gran Guerra Patria, cuando los protagonistas aún eran jóvenes, la vida les resultaba extraordinariamente brillante, y la modalidad de disolución aquí está subrayada dos veces: primero, porque son recuerdos, y segundo, porque es…

La situación en la modalidad realización-creación es, por ejemplo, la incorporación de un nuevo empleado a una empresa que funciona de manera estable, quien debe integrarse a sus filas y, dentro del ya existente proceso productivo, introducir algún cambio, alguna innovación; e incluso el fenómeno mismo de una persona en un colectivo consolidado también es un evento en la modalidad realización-disolución.

En la cuarta etapa surge, se manifiesta y es comprendida por la persona la combinación matriz de modalidades del arquetipo dialéctico. Esta combinación surge, sin duda, en cualquier situación, independientemente de la etapa de elaboración de este arquetipo, pero en la cuarta etapa es donde se hace consciente, y la persona aprende a trabajar con ella. Así, para la cuarta etapa son característicos, en primer lugar, la armonización de las modalidades del tiempo; en segundo lugar, una percepción y uso bastante precisos de las submodalidades del tiempo dentro de esta modalidad; y, en tercer lugar, su combinación matriz. Lo último es típico de la situación en la que tiene sentido…люina habla o actúa, se refiere a una modalidad, mientras que el significado social inmediato, es decir, el valor externo, corresponde a otra. ¿Qué tan extendida está esta conducta? Es más bien típica que excepcional. Hay, por ejemplo, personas que nunca se ajustan a los programas que ellas mismas se asignan o a los que la vida las arrastra. Sin embargo, suelen inclinarse por una segunda opinión. Siempre llegan tarde, se apresuran, no alcanzan a tiempo, incumplen plazos, todo se les desmorona entre las manos y pierde la forma prevista. Tal persona se halla psicológicamente en una fase de disolución. Según las circunstancias vitales, en su interacción con los demás se ve obligada, claro está, a utilizar las tres modalidades temporales. No obstante, su estado interno se manifiesta constantemente en la mímica, los gestos, la entonación y la construcción particular de las frases, aunque el tema de la conversación pueda pertenecer, por ejemplo, a la modalidad de creación. La capacidad de discutir un proyecto futuro, que apenas comienza a surgir, con voz fúnebre —tal vez sea una característica nacional del carácter ruso— así como la de calcular con alegría las pérdidas, percibiéndolas en la modalidad de pura creación como frutos especiales del árbol del paraíso, son ejemplos de esta desconexión entre las modalidades del sentido interno y el nivel social externo. Este desajuste es un recurso favorito en chistes, agudezas y anécdotas, pues dota a la situación de un humor especial. Existe, por ejemplo, la siguiente cita, ya sea real o inventada: “Continuemos nuestros juegos”, dijo con tono sombrío el director de una revista infantil mientras observaba a sus empleados. La palabra “continuemos”, al igual que la oscuridad de su mirada, sugieren de inmediato la fase de realización, mientras que los juegos, sin duda, pertenecen a la fase de creación. Así, la modalidad del discurso del editor, en el plano social, es creación, pero en el semántico, realización. Lo mismo ocurre con la mayoría de los chistes sobre Stirlitz, Chapáiev y otros héroes populares: una situación muy seria, de peligro mortal y responsabilidad, vinculada a la fase de realización, se presenta como absolutamente lúdica, reduciendo la responsabilidad de los personajes casi a cero, es decir, se percibe en la fase de creación. “¡Vasili Ivánovich, los hongos!”, dice uno. “¡Ah, déjame en paz, Petka, no es momento para hongos!”.

Fase 5. Síntesis.
Hacia el final de la cuarta fase del procesamiento del arquetipo dialéctico, el entrelazamiento de las modalidades ya es bastante profundo. Por ejemplo, una persona, siendo adecuada a la modalidad de creación, al mismo tiempo intuye cómo se desplegará en la modalidad de realización y cómo terminará ese proceso, es decir, también imagina la modalidad de disolución. Lo mismo ocurre con las experiencias y vivencias de las otras dos modalidades. En cierto momento, la persona siente que se eleva por encima del ciclo del tiempo y lo contempla todo a la vez. En un mismo instante, un proceso comienza a desplegarse, otro se realiza y un tercero concluye, y ella percibe los vínculos entre estos procesos y su dinámica como si observara el tiempo desde fuera, desde una dimensión atemporal, viéndolo en su totalidad. Este es el nivel de la sabiduría suprema, cuando en el niño ya se vislumbra al joven y al adulto, al anciano, y en el anciano se percibe su propia infancia y su futuro reencarnado.

PSICOLOGÍA DEL ARQUETIPO DIALÉCTICO

Percepción del mundo

Para el arquetipo de creación, la percepción del mundo de la persona se caracteriza por la sensación de ser el centro del universo. El mundo se adapta a ella, a su conducta, a sus más mínimos caprichos; se despliega en el ámbito al que dirige su atención y se repliega, quizá de manera triste pero obediente, en el área que la persona ignora. Está profundamente convencida de que le pertenecen todos los derechos, de que tiene de todo y de que todo lo que necesita ya lo posee o pronto lo obtendrá. En cierto modo, esta percepción del mundo la traslada también a los demás, es decir, cree que el mundo es vasto y suficiente para todos; en otras palabras, como dice la Biblia: “creced y multiplicaos”.

Bajo el arquetipo de creación, la persona se siente en el mundo libre y protegida, o incluso no necesita protección. Si le sobrevienen desgracias, estas llegan por caminos completamente inesperados, y no se le ocurre —ni le parece posible— prepararse o protegerse de antemano. Esta persona está abierta al mundo. Para ella, el mundo está lleno de sorpresas que nunca terminan. Cómo percibe estas sorpresas, cómo las anticipa, depende de su temperamento, su experiencia vital y sus actitudes generales ante la vida, pero el hecho mismo de su apertura al mundo y su disposición a aceptar lo que este le envía no admite duda en su mente. “¿Cómo podría ser de otra manera?”, piensa.

Para el arquetipo de realización, la percepción del mundo de la persona se basa en un equilibrio con el mundo, en una igualdad simbólica de energía y materia. “Soy una parte igualitaria del mundo —piensa—, debemos adaptarnos mutuamente: yo a él, y él a mí”. Aquí predomina la idea de paridad, igualdad y equilibrio. “Él hace algo por mí, yo hago algo por él. El mundo está regido por una ley a la que yo me someto, pero a la que también él se somete”. Esta persona no se coloca en la posición de ombligo del mundo; no le parece que el espacio se enfoque en ella. Más bien, se siente como una parte ecológica dentro de un mundo ecológico. Quizá la ecología sea deficiente, pero el principio de causa y efecto, la idea de que nada en la vida es gratis, le es dado a esta persona a nivel de su percepción del mundo. Aquí, el mundo se percibe como semigobernado. La persona cuenta con herramientas para influir en el mundo, y dentro de ciertos límites lo hace con bastante eficacia; por otro lado, siente que el mundo, en cierta medida, la controla, limita su voluntad y la encierra en ciertos marcos, y lo considera normal, es decir, no lo percibe como una falta de libertad. Estas limitaciones incluso pueden ser beneficiosas.

Bajo el arquetipo de disolución, la percepción del mundo de la persona es, en gran medida, sacrificial. Se siente como una partícula insignificante y casi desprovista de derechos en el mundo. Se despide de todo lo que tiene; no tiene derecho a propiedad alguna, ni a relaciones equilibradas con el mundo, ni a un intercambio justo con la materia regido por leyes justas. Su estado de ánimo general es: “Tomen lo último que me queda, ya no necesito nada, nada me duele perder”. Al mismo tiempo, siente que, al entregarse y destruirse, alcanza una verdad última, final y fundamental, que le parece mucho más importante que aquella que se le revelaba cuando estaba centrado en el plano material de la existencia, es decir, en el plano en el que existe el universo y construye… En esta entrega no hay proyección de culpa, es decir, no le dice al mundo: “Tú tienes la culpa de que yo muera”. Acepta este estado de cosas, se somete a él y trata de concentrarse en lo que le era inaccesible en las fases de creación y realización. Paga las deudas por aquellas partes de su destino cuando tomó préstamos y los implementó parcialmente, y no duda de que ahora es el momento de saldar cuentas, sin inclinarse a rebelarse contra ello.

Preguntas al lector.
¿Qué sensación le provocan en usted las preguntas de los niños pequeños: admiración, ternura, el deseo de responder con seriedad o apartarlas por su absurdo y estupidez? ¿Qué fase del tiempo considera usted la más insignificante? Responda como si lo hiciera ante otras personas y reflexione sobre cuál es su actitud interna, sincera, hacia estas fases. ¿Cree que la palabra “optimista” en esencia significa “tonto”? ¿Cree que en la vejez llega la sabiduría al ser humano? ¿Qué edad considera óptima para un presidente de país: no mayor de cuarenta años, entre cuarenta y sesenta, o no menor de sesenta? ¿Qué estación del año prefiere: primavera, verano u otoño? ¿En qué época del año le resulta más fácil trabajar?

La cosmovisión es, por así decirlo, el fundamento teórico de la actitud de una persona hacia el mundo. Según la modalidad temporal en la que se encuentre, su relación con el mundo puede variar. Para la modalidad de creación, la actitud hacia el mundo es lúdica e irresponsable, es decir, la persona juega con el mundo sin reflexionar en absoluto sobre las consecuencias de su juego, ni para sí misma ni para el mundo.El mundo se le presenta como una realidad inicial, aún por manifestarse, y los resultados de sus acciones solo se le revelan, en el mejor de los casos, como un tenue velo. Nada anticipa la seriedad del futuro. El ser humano acepta el mundo, y lo hace sin reservas —esta es otra faceta de su irresponsabilidad— y, en gran medida, de manera ingenua. Se halla fascinado por el mundo y completamente inmerso en él. Todavía no existe la división “esto es yo, y esto es él”. La exhortación “Sed como niños” suele interpretarse como: “Sed espontáneos en vuestra percepción”, es decir, activad en vosotros la modalidad de la creación. El ser humano se percibe como sujeto de cuidado, de protección, de caridad y como centro del mundo. Se puede decir incluso más: cree que eso es él mismo, y todo cuanto escapa a su percepción y a su vida cotidiana lo ignora por principio.

En la fase de ejecución, en cambio, predomina una actitud seria y respetuosa hacia el mundo. El ser humano considera que el mundo es complejo, que él mismo lo es, y que puede lograr mucho. Aborda el mundo desde una perspectiva operativa, es decir, busca herramientas para influir en él y, hasta cierto punto, se percibe a sí mismo como tal instrumento; sus habilidades y talentos los evalúa desde ese ángulo operativo: “¿Qué puedo hacer en el mundo?”. Si le teme al mundo, también lo hace de manera instrumental.

plantea la pregunta: “¿Qué puede hacer el mundo conmigo?” Es justamente en esta fase temporal cuando la persona otorga un valor especial a su mente, al pensamiento, mientras que en la fase de creación el ser humano valora —o, por el contrario, niega— lo que ocurre directamente con él sin reflexionar demasiado en que necesita analizarlo, evaluarlo, etc.; en concreto, en la fase de creación se valora especialmente el pensamiento, pero se lo percibe como algo meramente auxiliar.

En la fase de realización, la persona traza, naturalmente, un límite entre sí misma y el mundo. En principio, considera que debe cuidar del mundo en la misma medida en que el mundo debe cuidar de ella, o bien que ella misma debe organizarse un espacio dentro del mundo. En cualquier caso, no cree ser el centro del universo, pero siente que existe un lugar para ella en el mundo y que ese lugar puede encontrarse e integrarse. La idea de buscar y hallar el propio lugar en el mundo solo es posible, en esencia, en la modalidad de realización.

En la fase de disolución, la persona adquiere una mirada distante, indulgente, como si observara el mundo desde lo alto. Le es propia la sabiduría, la comprensión de las sutilezas del mundo, de los fines de su desarrollo que trascienden la percepción ordinaria propia de las fases de creación y realización. Ahora, ella —la persona— cuida del mundo, pero de aspectos sutiles, no de los detalles operativos y groseros como en la fase de realización, y su separación del mundo adquiere un carácter cualitativo: siente que el mundo es uno y que ella, como ser humano, es algo distinto, está más allá de él, es más sutil.

Aquí se manifiesta y valora en gran medida una cualidad como la sabiduría, que supera a la razón y constituye un concepto más fino, más integrador. En la fase de disolución, la persona ya no necesita que el mundo la cuide; parece entregarse a él. Aquí ya no hay frontera entre la persona y el mundo: ella se va, y al irse, pronuncia su última palabra, cargada de sabiduría, de comprensión superior y de una visión profunda. Por ahora, en un sentido convencional y no demasiado relevante para ella, aún está junto al mundo, pero esta circunstancia pasará pronto; lo esencial es que no es del mundo, y es precisamente esta postura la que valora y desde la que intenta actuar, aunque lo que hace resulte incomprensible para las demás fases temporales, aunque pueda ser respetado o incluso despreciado por ellas. Esta persona suele hacerse cargo de trabajos ajenos, a veces de tareas desesperanzadoras, y se dedica a ellas en nombre de fines que solo son visibles en la fase de disolución. Desde el punto de vista de la fase de realización, su actividad suele parecer absurda o ineficaz.

Preguntas para el lector.

  • ¿Está de acuerdo con la idea de que solo una persona frívola puede descansar bien?
  • ¿Qué valora más: la razón o la sabiduría?
  • ¿Le gustan los aforismos?
  • ¿Los poemas breves?
  • ¿Cree que toda la sabiduría del mundo puede expresarse en unas pocas frases?
  • ¿Está de acuerdo en que el talento es un noventa y nueve por ciento de trabajo persistente y un uno por ciento de inspiración?
  • ¿Considera la frivolidad una cualidad necesariamente negativa en el ser humano?
  • ¿Existen situaciones en las que la entrega apasionada es más importante que una mirada sobria de la realidad?

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